Claudio Vives era un muchachito que quería una tabla. Sus padres no se la quisieron comprar, así que inventó una rifa, juntó los 300 pesos y la compró. A los 15 años ya estaba golpeando la puerta del taller que abrió en la esquina de su casa en Solymar, sin imaginar que ahí iba a quedar marcado para siempre. Eligió el camino de las tablas de surf temprano, y no volvió a mirar atrás. “No podía encerrarme en una oficina porque iba contra mi voluntad”, cuenta. Con el tiempo, aquella decisión adolescente terminaría convirtiéndose en Turtle Bay Surfboards. Una marca de tablas de surf uruguaya, hechas a mano con amor por el surf y el arte.
Charlamos con Claudio sobre ese camino que empezó como una travesura y terminó siendo su oficio.

El showroom de Turtle Bay Surfboards en Montevideo.
¿Cómo empezó tu historia con el surf?
Mi historia en el surf arrancó de chico, entre los 13 y 14 años. Teníamos casa en Solymar, y siempre me atrajo el tema de las olas y el mar. Lo único que tenía era un morey recontra trucho.
La primera vez que lo probé me doblé toda la espalda en un rompe coco en la orilla. De ahí le tomé un poco de miedo, pero a la vez tenía ese gustito de que quería volver.
Volví y ya lo usaba para pararme en la ola, no para barrenar, y eso que era de bastante mala calidad. Ahí empecé, siempre queriéndome parar.

Claudio Vives con tablas Turtle Bay.
¿Recordás cuál fue tu primera tabla y cómo llegó a tus manos?
Un tiempo después, un amigo del barrio me ofreció una tabla por trescientos pesos. Estaba entre esa y otra que valía ochenta dólares. Le conté a mis padres y me dijeron rotundamente que no me la compraban, que era un peligro.
Entonces compré un talonario de rifas y lo rellené como si fuera para un viaje de fin de curso de Boy Scouts… todo mentira. La rifa valía menos de diez pesos, un valor mínimo.
Me acuerdo que salimos con mi hermano desde Rivera y Soca, llegamos hasta la rambla y ya habíamos vendido todo y juntado los 300 pesos.
Volví corriendo con el Dani, fui para lo de mi amigo y le dije “tomá”. Y me trajo esa tabla brasilera que estaba arruinada. Ahí él me pasó la data más o menos de la resina, de cómo se reparaban.
Con esa tabla aprendí a surfear y a reparar. Esas fueron mis primeras incursiones en las resinas, sin noción alguna. Le faltaban las quillas y le hice un agujero con un soldador, derretí todo, preparé resina y le monté la quilla. Y de ahí al agua.
¿En qué momento decidiste empezar a shapear tus propias tablas?
Yo estaba colgado con reparar tablas, y un tiempo después llegó una fábrica de tablas a la esquina de mi casa en Solymar, de Sebastián Mezzeta (Raglan).
Con 15 años, fui al toque a pedir trabajo y quedé. Ahí aprendí a reparar más profesionalmente, y al tiempo ya estaba laminando tablas. Me gustaba mucho; el arte siempre me gustó, y las tablas me apasionaban.
Mi primera tabla nace de una apuesta. Estábamos con el Seba, el Loco Jorge y el Dani. Jugamos tres partidos de pool, el mejor de tres ganaba. Si perdía, era un mes de laburo; si ganaba, me daba todos los materiales y el shaperoom para encerrarme ahí adentro y shapear la tabla. Le gané los tres, no le dejé ni una chance.
Ahí me hice mi tabla, un 5’9 fish. La usé unos cuantos meses y después me tocó irme a Brasil con permiso de menor. La usé y me anduvo muy bien.

De las primeras Turtle Bay Surfboards.
¿Cómo nació Turtle Bay?
Turtle Bay arrancó una temporada que cerró la fábrica de Sebastián. Yo me quedaba sin trabajo, y lo único que le pedí fue una lijadora para poder seguir laburando.
Me fui a vivir solo en esa época, a la casa de mis abuelos. Era una casa antigua, y tuve la idea de alquilar todos los cuartos para subsistir mientras montaba el taller.
Recorría por todos lados, ferias, para conseguir herramientas; no había internet, no había nada. Arranqué a hacerme un capital con el alquiler y ya en invierno empecé a pasar temporadas en el norte de Chile. Era el único lugar al que podía ir y donde había buenas olas.
En esos viajes empecé a querer llevarme siempre una tablita hecha por mí. Dentro del quiver siempre había una Turtle; era un buen lugar para probarlas.
Habíamos empezado también a hacer fundas de tablas, y la marca era Turtle Bay. Ahí fue que le empecé a poner Turtle Bay a las tablas que hacía. En un principio, las primeras llevaban mi nombre, Claudio Vives. Después les puse la marca de las fundas.

Tablas Turtle Bay para todos los gustos.
¿Qué te inspiró a mantenerte fiel al trabajo artesanal, hecho a mano?
Fueron las circunstancias. Después de muchos años de hacerlas a mano, llegó la época de las máquinas y, por unos años, experimenté hacerlas así. Luego, pensándolo bien, por el volumen de tablas que podía producir en mi taller, me resultaba mucho mejor hacerlas a mano que a máquina.
En una época en la que empezaron a fabricarse todas con máquinas, fue una forma de diferenciarme. Dije: “si yo sé hacerlas a mano, aunque demore un poquito más, las hago a mano”. Tiene otro valor.
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Al momento de crear una tabla, ¿qué etapas disfrutás más?
Lo que más disfruto es la parte artística. Me encanta. Pero la verdad es que me gustan todos los procesos: el shape, la pintura, el laminado.
La parte que menos me gusta es el lijado, pero bueno, es una etapa sumamente importante y hay que hacerla bien. Lo más grueso del lijado a veces es lo más engorroso, pero es clave.
¿Qué tipo de tablas te gusta más shapear? ¿Performance, retro, guns…?
Lo que más me gusta hacer son tablas para olas pesadas. En este momento es lo que más disfruto.
Con la llegada de nuevos surfistas y nuevas olas, las tablas se prueban en condiciones exigentes, y uno va adquiriendo más experiencia y recopilando más información.
Igualmente, me gusta shapear por igual todo tipo de tablas. Siempre la tabla está pensada para diferentes tipos de olas y de surfistas, y cada una tiene lo suyo.

La parte artística siempre fue un pilar de Turtle Bay.
Para vos, ¿qué debe tener una buena tabla?
Tiene que estar hecha con mucho amor. Siempre las hago con las mismas ganas, no importa para qué surfista sea.
Aunque el trabajo sea engorroso, el resultado es lindo. Pensás en todas las alegrías que le va a dar al que la use, y eso es lo que tiene que tener una buena tabla.
Después, va mucho en quién la vaya a usar, ahí es donde está la diferencia. Si la tabla la colgás en la pared o la guardás en un mueble, nunca va a ser una buena tabla. Si la llevás al agua, ahí es donde se ven los pingos.
Una buena tabla tiene que tener un buen shape, un buen plastificado —que determina el aguante y la duración—, una buena terminación y una pizca de amor. Creo que con eso la tabla va a andar bien. Pero también depende del surfista, que tiene que ponerle cabeza y pata arriba.

Tablas, Arte... Turtle Bay.
¿Cuáles son los mayores desafíos de llevar adelante una marca artesanal en Uruguay?
Los desafíos de tener una marca artesanal son muchos. El principal es que uno hace todo: desde el shape, el laminado, el pintado, el lijado y el pulido. Eso lo hace engorroso y desgastante, pero por otro lado es lo que garantiza la calidad de las tablas.
Después, lo que compensa todo es saber que la gente que las usa se va a llenar el bolso de buenos momentos y alegría. Eso borra cualquier contra que pueda haber.

Claudio Vives en G-Land, Indonesia.
Como surfista, has hecho viajes y te has llevado tus tubos. ¿Cuáles son tus olas favoritas y por qué?
Por suerte he tenido la oportunidad de viajar mucho, de pasar temporadas enteras en lugares de buenas olas.
Por ejemplo, cuando llegás a Puerto Escondido no podés ir una semana ni un mes, porque es difícil pegarte buenos tubos. Tenés que pasar cuatro meses ahí para agarrarle la mano. Ese es uno de los lugares que más me gusta: Puerto Escondido.
También me gusta mucho el norte de Chile. Es un lugar de olas pesadas, más slabs, tubos intensos y cortos, con fondo de piedra volcánica. Los reefs son peligrosos, es otro tipo de tubo.
Y después están los tubos de Indonesia. G-Land, por ejemplo, es una ola que me gusta mucho: es fuerte y a la vez kilométrica. También Padang Padang. Son tubos más gozadores, aunque no dejan de ser peligrosos, con arrecife abajo.
Todos son distintos tipos de olas, pero básicamente el tubo es lo que siempre está atrás de todo.

Claudio en Puerto Escondido.
Hacés tablas para big riders como Santiago Giovannini, y también Pepe Gómez ha usado Turtle Bay. ¿Qué sentís cuando ves que tus tablas se meten en olas tan extremas?
Es un honor hacerle tablas a surfistas de ese calibre, que corren olas grandes y tubos gigantes. Creo que el tiempo te va posicionando donde tenés que estar, por todo lo que corriste atrás durante una vida.
A veces uno no es tan consciente. Pensás: “pa, mirá los tubos que se están pegando con tus tablas”. Uno piensa que tal vez ya no puede pegarse esos tubos, por diferentes circunstancias, y es esa gente la que pone en alto la bandera de las tablas. Es lo máximo del surfing.
Son uruguayos a un nivel de cualquier surfista del mundo. Sabiendo las olas que hay acá, cuando ves a alguien como Santi o el Pepe bajarse esos olones con tus tablas, es la frutilla de la torta.

Santiago Giovannini bajando una bomba en Hawaii, con una Turtle Bay en los pies.
¿Qué desafíos tiene shapear para ese tipo de olas?
Uno quiere hacer la tabla para que no falle en esas condiciones. Sabemos que las olas que baja el Santi no son olas donde uno quiera errarle. Entonces querés hacerlas como un cirujano, con precisión. Que salga todo bien.
Que tengan la confianza de que, cuando estén ahí, la tabla va a aguantar la presión y la velocidad, y van a poder ponerla en una buena línea.
Cuando uno hace ese tipo de tablas ya está pensando en eso: dónde la van a usar y quién la va a usar.
Santi es un surfista que sabe muy bien cómo funciona una tabla en ese tipo de olas y qué necesita realmente. Eso no todos lo hacen, y facilita mucho el camino.

Santi Giovannini y su quiver Turtle Bay.
Si pudieras darle un consejo al Claudio que recién empezaba a shapear, ¿cuál sería?
Le diría: “estuviste bien, Claudio, en jugártela sin saber lo que iba a pasar, solo sabiendo que te gustaban las olas y el arte”.
Le diría que estuvo bárbaro el día que le ofrecieron un trabajo, sin tener un mango, y tuvo que definir el partido. Que no podía encerrarme en una oficina porque iba contra mi voluntad, y ahí vi el futuro que iba a forjar.
No cambiaría nada ni pediría más nada. Lo único sería poder seguir surfeando y disfrutando hasta que se pueda.
Agradecer, porque gracias a esa decisión uno tiene todo lo que le gusta en la vida. Le diría eso: “muchas gracias, Claudito”.
Y agradecer a mi familia, que siempre me hizo el aguante: a Pía, mis hijas, mi madre. Sin ellas nada de esto hubiese sido posible. No es fácil bancar a un surfista.
Mi vieja me veía todo el tiempo que iba y venía con las tablas, enloquecido. En un momento me dijo: “¿y vos vas a comer tablitas de grande?”
Esa fue una frase que me quedó marcada. Ahora de grande le puedo decir que sí: que como tablitas.