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La peregrinación de Santiago Giovannini a la tierra de los tubazos

Bruno Aguilar
Lectura: 12 minutos

La historia de Santiago Giovannini no es la típica que uno esperaría de un surfista de olas grandes. Las personas que desafían las olas más poderosas del mundo, normalmente se han preparado para eso durante casi toda su vida, por haber crecido dentro de ese ambiente y haber ganado mucha experiencia en este tipo de olas. No es este el caso de Santiago, que eligió al surf como un motor para cambiar radicalmente su vida. Luego de unos años de malos hábitos y estar totalmente alejado del surf, un buen día agarró su mochila y su tabla, y dejó todo atrás para seguir su sueño: correr olas grandes en México.


Santiago Giovannini frente a un monstruo de agua.

El camino no fue fácil: fueron años de peregrinación hasta llegar a destino. Fue hacia el norte haciendo dedo, vendiendo artesanías, y en algunas ocasiones, la arena de la playa fue su cama y las estrellas su techo.

Ya hace un par de años que vemos al uruguayo bajando bombas y entubándose en las olas más importantes del mundo. Y quién mejor que él mismo para contarnos su historia.

¿Por qué elegiste las olas grandes?

Siempre fui fanático del mar y nunca le sentí miedo. Cuando el mar estaba grande, siempre me sentí muy cómodo. Incluso de niño, me mezclaba con mis hermanos y sus amigos en Punta del Diablo. Yo tenía 10 años y ellos 16 o 18, y los días de swell me metía con ellos. Esos días eran en los que me sentía más a gusto en el agua.

¿Sos de Punta del Diablo?

Soy de Montevideo. Vivía cerca del zoológico de Villa Dolores y en Punta del Diablo teníamos una casita que construyeron mis padres en el 89, en El Rivero.

En invierno jugaba al básquetbol en el Club 25 de Agosto, y en verano religiosamente nos íbamos a Punta del Diablo a pasar los tres meses. Eso para mí era el sueño del pibe, estar en aquel antiguo Punta del Diablo de pescadores era libertad total. No es como ahora, había mucho menos gente.

¿De qué años estamos hablando?

Los años en los que empecé a surfear fueron entre 1998 y 2002. En el 2003 tiraron las casas en Punta del Diablo y ahí empezó a cambiar un poco el pueblo y también mi vida. Yo siempre estuve conectado a ese Punta del Diablo de pescadores. Es lo que más marcó mi vida en Uruguay: el Punta del Diablo de pescadores y el Club 25 de Agosto.


Santiago Giovannini con la número 9.

¡Buena combinación!

¡Nada que ver! Yo le contaba a mis amigos de Montevideo que surfeaba y ellos no tenían ni idea de lo que era. Ni me creían. No había celular, fotos, nada.

Eran polos totalmente opuestos. Punta del Diablo era libertad, mar y naturaleza. Para mí era lo máximo. Lo otro era invierno en Montevideo, donde estudiaba y jugaba al básquetbol, que también era hermoso, pero un poco más “normal”. Lo otro era más salvaje.

Y la gente que te encontrabas en Punta del Diablo también era diferente. Eran personas que le escapaban un poco al sistema, medios locos o por ahí un poco más hippies. Por ejemplo, había gente que había viajado por toda América a dedo. Entonces te contaban esas cosas y te llenaban de ideas. Punta del Diablo fue esa primera puerta que me abrió al mundo, sin dudas me influenció mucho.


Los años dorados en Punta del Diablo.

¿Cómo decidiste ir en busca de tu camino?

Tuve que perder todo para poder realmente apreciar lo que yo tenía y lo que quería. A los 17 abrí El Pico, un boliche en Punta del Diablo. En esa etapa me dedicaba más a los negocios y a la noche, y terminé alejándome del surf.

Subí mucho de peso y llegué a pesar 121 kilos. Hubo un día que me miré al espejo y no me reconocía. Me preguntaba si algún día podría volver a ser el Santi que siempre fui, que disfrutaba del mar.

En Uruguay no veía escapatoria a esa situación, entonces agarré la mochila y una tabla 6'2 que me había dado Pablo Leites de Tubular. La meta era llegar a México, a Puerto Escondido, para aprender a surfear olas grandes.

Arranqué a dedo. Empecé subiendo por Argentina y pasé por todos los países hacia el norte. Cuando llegué a Bolivia fue muy gracioso porque caí con la tabla de surf. Era prácticamente un extraterrestre. Iba trabajando en algún hostel y vendiendo artesanías. Juntaba algo de plata y me movía.

¿Pudiste surfear mientras vivías toda esa odisea?

En realidad estaba trabajando más en mí, en mis hábitos. El surfing era la meta, a donde quería llegar, pero para poder llegar a eso primero tuve que hacer un proceso, retomar un poco mi vida. Yo ni me podía parar en la tabla en esa época.

En ese momento ni siquiera te imaginas que lo vas a poder lograr. Yo lo veía como algo casi inalcanzable.

¿Cómo fue ese proceso de comenzar a sentir que estabas más cerca del objetivo?

Fui aprendiendo en el camino, muy de a poco. Fui leyendo muchos libros de alimentación, de autoayuda, autobiografías de personas que me parecían interesantes. Quería saber cómo lo había hecho otra gente. Todo eso adaptándolo a mis circunstancias.


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¿Para llegar a México cuánto tiempo demoraste?

Estuve como 4 años para llegar a Panamá, y ya para ese momento estaba bien físicamente, bastante tranquilo, centrado. Por fin había encontrado un equilibrio. Tuve la suerte de encontrarme con muy buena gente, que me abrió las puertas en Santa Catalina. Me adoptaron, como quien dice.

Fue un antes y un después. Hasta que llegué a Panamá, yo había estado tratando de borrar lo viejo y volver a 0. Y en Panamá empecé a construir sobre eso. Me hice instructor de buceo, comencé a juntar mi dinero, y finalmente también volví a surfear.

En Santa Catalina hay una muy buena ola, y ahí fue que el sueño comenzó a tomar forma de verdad. Dije: "¡Wow! Esto es posible, ya estoy cerquita de México". Me quedé ocho meses, y de ahí me fui a México.

Hasta ese momento había estado siempre sobreviviendo. Por ejemplo, en Colombia y Venezuela viví en las afueras de un restaurante y en la playa. Y para comer, a la tarde pasábamos y pedíamos sobras de los restaurantes. No era vivir en la calle porque era en la playa, pero era casi lo mismo.


Una sólida derecha en México.

¿Cómo fue la llegada a México y ver esas bombas?

Cuando llegué a Puerto Escondido había un swell, entre seis y ocho metros de ola, y aluciné. Ahí me di cuenta de que era otro nivel. Un uruguayo que estaba ahí me vendió una tabla barata 8'5 y me metí. Fueron tantos años esperando ese momento, que cuando llegó me metí a lo bruto y me rompí todo. En 10 días no podía ni mover el cuerpo. Fui bastante inconsciente.

¿Después de esa llegada ya te instalaste allá?

Eso fue como un reconocimiento del terreno. Me estaba lastimando mucho y me di cuenta que necesitaba un plan. Entonces me volví para Uruguay.

La idea era pasar el verano allá, entrenar y juntar dinero. También estar con mi familia, ya que hacía varios años que andaba solo. Además quería compartir esta nueva persona en la que me había convertido. La gente que me conocía alucinó cuando volví.

Luego de eso, ¿volviste a México para establecerte?

Cuando volví me quedé en Colima, un estado de México un poco más al norte de Zicatela. Trabajaba de mesero y guardavidas, y me prestaban una habitación para quedarme frente al pico.

Era un cuarto de dos por tres metros y solamente tenía una lamparita y un enchufe. A todo esto, en todos estos años nunca tuve celular. No quería ninguna distracción, estaba enfocado en mí. Entonces este lugar era perfecto, porque no tenía nada. No había ni licuadora, ni tele, ni internet, ni heladera. Solo una bombita de luz, un enchufe y un baño compartido. Así viví cinco años.

¿En ese momento ya estabas surfeando a full?

Claro, ahí me dediqué 100 % a surfear. Estaba todo el día pensando en el tubo. Todo el día. Pensaba: “¿Cómo lo hacen?” Yo los miraba y no lo podía creer.


El gorro de 25 de Agosto, el club de sus amores, acompaña a Santiago dentro de los tubos.

En otra entrevista mencionaste que tu meta al principio era solamente bajar una ola.

Yo tenía esa meta: entrar en todos los swells y bajar una ola. Para mí, bajar una ola ya era ganancia. Y después que las aprendí a bajar, dije: “ahora quiero surfearla”. Y después que aprendí a ir para el costado, ahora me quiero meter al tubo, aunque sea un cerrón. Quiero ver cómo es ahí adentro. Y después decía: “Bueno, ahora quiero salir”.

En ese momento no lo disfruté tanto, porque uno estaba empeñado en que quería agarrarse un tubo y tener la ola más grande.

¿Sentiste miedo alguna vez?

He sentido mucha adrenalina, pero el miedo nunca me ha dominado. Quizás eso sea una facilidad.

El único día que miré el mar y dije: “hoy es el día que si te equivocás puede ser el fin”, fue el día que me tiré en un outer reef acá en Hawái. Fue uno de los swells más grandes de los últimos años, en el que se corrió el Eddie Aikau en Waimea.

Las olas eran edificios de tres o cuatro pisos y vos ahí estás como a un kilómetro y medio mar adentro. Ese día, cuando estaba entrando, remando y remando en el medio del mar, con montañas de agua pasando y espumas gigantes, fue el único día que dije “hoy no pueden haber errores.”

"He sentido mucha adrenalina, pero el miedo nunca me ha dominado."


Santiago remó más de un kilómetro para llegar al pico y se llevó una de las bombas destacadas del swell.

¿Siempre a remo?

Siempre surfeé a remo, nunca me subí a una moto de agua ni usé rescate. Me gusta entrar al agua remando. Ser yo, la tabla y el mar. Más nada. Me gusta la magia de estar mano a mano con la naturaleza.

Anduviste por las olas más importantes del mundo: Teahupoo, Pipeline, Cloudbreak, hace poquito en Mavericks. Contame cómo fue cada una de esas experiencias.

El ser humano es ambicioso. Cuando tiene lo que quiere, quiere un poco más, nunca se conforma. Yo quería surfear olas grandes en México, y en un momento eso pasó a ser mi zona de confort. Intenté buscar otros objetivos y empecé a viajar a otros lugares para volver a desafiarme. En un momento había entrado en una rutina, y los viajes se volvieron un nuevo desafío.


Los pesados tubos mexicanos se convirtieron en rutina para Santiago Giovannini.

Cada lugar tiene su parte fácil y su parte difícil. Por ejemplo, en Mavericks la entrada es fácil, capaz que llegas al pico con el pelo seco. Pero si te agarra la ola cuando rompe en el bowl, seguramente sea el fin. Luego, el desafío principal en Pipeline es el crowd. Hay mucho y es muy competitivo. No es un lugar que me guste surfear, no por la ola en sí, pero por el crowd.

Cloudbreak es un outer reef, una ola de altamar, pero con tubo. Es increíble, estás en el medio de la nada, agua azul cristalina, y la ola con tremendo poder. Es como que la ola te invita a venir, te guiña el ojo, pero es súper agresiva al mismo tiempo. Por otro lado, Mavericks te intimida de una. Agua marrón, fría, neblina. Fiji es lo contrario.


Bajando una ola en la intimidante Mavericks.

Y por último, Teahupoo tal vez sea la ola más perfecta y potente que debe haber.

Mi meta no es solamente visitar los lugares. Quiero meterlos en un circuito, y regresar para los swells. En cada lugar que fui dejé un quiver, entonces después viajo solo con la mochila. Esa es la idea.


Santiago dentro de un tubazo turquesa en Cloudbreak.

Me imagino que requiere toda una estrategia moverte por el mundo de esa forma.

Son tremendas misiones. Y tenés que decidir todo a último momento, porque querés llegar al swell, y el swell no es asegurado hasta 5 días antes, y así y todo no es asegurado. Entonces toda esa logística la tenés que implementar en uno o dos días. Lo bueno es que ahora, después de todas las experiencias que tuve antes, ya no me presiono tanto. Si llego y el swell no está, no pasa nada. La idea es disfrutar el camino.

¿Hace cuánto tiempo venís haciendo estos viajes?

Empecé hace poquito, en 2023. Sin dudas es algo a lo que me gustaría dedicarme más. Hasta ahora he hecho pruebas, para ver cómo funciona la logística y ver qué necesito. Como un scouting. Este año hice el de Fiji y Mavericks. Por ahora intentaré repetir esos y, en la medida de lo posible, sumar alguno más.

santiago giovannini
Dentro del tubo en Teahupoo.

¿Tenés algún nuevo destino en mente?

Sí, me vuelven loco los destinos. Me encantaría ir a Mullaghmore, una muy buena izquierda en Irlanda. También Peahi. Chile por ahí en algún momento, aunque ya me queda más lejos. Yo tengo mi base en México y Hawái.

¿Algo que quieras agregar para cerrar la nota?

Algo que quiero rescatar, es que para todo esto siempre tuve el apoyo moral de mi familia. Siempre me dieron para adelante, nunca me dijeron que estaba loco. Eso para mí es fundamental. Y mi novia, mi compañera, que es una genia. Le digo: “Me quiero ir a Mavericks” y me dice: “Ya mismo, vamos, quiero ir también.”

A veces estamos en la orilla, con olas monstruosas y el mar todo movido, y ella me dice: “¿No te vas a meter? Tenés la tabla, tenés la habilidad, vos podés." Y bueno, uno va, por lo menos mojar la tabla y decir que lo intentó.


Santiago y Verena, su compañera.