Augusto Núñez es el artesano detrás de Santalú Surfboards, una marca de tablas hechas a mano con base en Santa Lucía del Este, Uruguay. Su historia con las tablas comenzó a los 13 años, cuando fabricó la primera por su cuenta. A diferencia de la mayoría de los niños, no tuvo una tabla comprada: la construyó él mismo. Ese camino se transformó en un oficio, en el que la técnica, la pasión por el surf y la sensibilidad artística van de la mano. En esta entrevista, repasa sus comienzos, reflexiona sobre los procesos constructivos, habla del vínculo con cada cliente y defiende una forma de trabajo fiel a lo artesanal, lejos de las máquinas y de la lógica de producción en serie.

Augusto en su habitat.
Has contado que hiciste tu primera tabla a los 13 años. ¿De dónde surge esa curiosidad siendo tan chico?
Con 13 años me picó la curiosidad por el surf y pedí una tabla. En casa venía de una familia con mucha facilidad para lo manual, lo artesanal, y ya había tenido algo de experiencia con resina haciendo collares con mi padre. Cuando le dije que quería una tabla, me dijo: “Hacétela”. Y lo tomé con total naturalidad.
Compré un bloque de espuma, lo tallé y pinté muy ochentoso, con muchos colores. Me había quedado muy bien. Después descubrí que llevaba una madera en el medio, así que la corté ya shapeada y le puse una multicapa de 3 mm.
Empecé el proceso de laminación, y ahí me entero de que no era solo resina, que también llevaba fibra. Había una mitad que ya había sido laminada, y la otra mitad sí siguió con tela. Llegué a un resultado aceptable y funcional, y fue la tabla con la que me inicié. La habré usado una temporada, y ya en la segunda compré una.

Un longboard hecho por Augusto.
¿Cuál era tu fuente de información en esos comienzos?
Para hacer esa primera tabla no tuve ninguna a mano como referencia, solo el registro visual de lo que había visto en tiendas o revistas. Era mediados de los ochenta.
En alguna oportunidad fui a ver trabajar a Roddy Tróccoli, un shaper que vivía cerca de casa. Como todos en esa época, hacía las tablas en el fondo de su casa. También estaban los ya conocidos Willy Barreiro, Roberto Damiani... Años después pasé por todos ellos. Sebastián, de Raglan, también.
En un momento me pasó de estar disconforme con una tabla que había encargado. Para ese entonces ya tenía quince años de surfing y cierto conocimiento de construcción, así que decidí: “Me la voy a hacer yo”. Me hice una para mí, después me encargaron otra, y otra más… y desde entonces no paré.
Fue hace más de 20 años. Retomé aquello que había hecho de chico, y se me dio de forma natural. Cuando ya llevás años surfeando, sabés —o al menos creés saber— lo que funciona y lo que no. Así llegás a algo funcional desde el comienzo.

Tabla Santalú con arte en resina coloreada.
Cuando decidiste retomar la fabricación de tablas, ¿cómo fue ese proceso de aprendizaje y profundización en el oficio?
Cuando retomé, ya había mucho más acceso a la información: internet, tutoriales… Las bases las podés aprender de ahí, pero lo que realmente queda es el ensayo y error, la experiencia propia.
El camino es más largo sin un master shaper como guía, pero si perseverás, con el tiempo empezás a entender lo que antes solo leías sin poder decodificar del todo.
Ahí empezás a comprender la parte funcional: cómo el agua se comporta bajo la tabla, cómo se separa, se comprime, se direcciona o se libera. Vas entendiendo qué función cumple cada parte.
Pero para llegar a eso hay que estar muy atento. No todo el que fabrica tablas logra procesar tanta información. No hay un manual definitivo, y no todo funciona.
Es un proceso complejo. Cada tabla tiene muchas variables, y el oficio no se reduce solo al shape: también involucra al laminador, al lijador y al artista que hace la decoración. Todo eso forma parte del resultado final.

Augusto Núñez en acción. Foto: Nati Ayala.
¿Cómo transmitís la información necesaria al cliente?
A veces me paso de técnico en las explicaciones, pero siempre con la intención de que la persona entienda bien su tabla, qué está usando y cómo elegir mejor. Está bueno que la gente conozca de tablas.
Hay surfistas profesionales que pasan horas desarrollando y construyendo sus propias tablas. Otros tienen la sensibilidad de decir “esto me funciona” o “esto no”, pero también es importante saber el porqué.
Bajar a tierra lo que vas a hacer, saber qué modificar, va decantando la tabla ideal. Es un proceso valioso que nutre y acerca mucho más al éxito con la nueva tabla.
En algunos casos, deben llegar personas que están surfeando con el equipo equivocado. ¿Cómo manejás esas situaciones?
Trato de ser directo pero sin desacreditar. Toda información que me da un cliente es válida, ya tenga 30 años de experiencia o apenas dos meses surfeando.
Por ejemplo, una vez me encontré con alguien que había puesto la parafina en el peor lugar posible. En lugar de decirle “esto no va acá”, le pregunté por qué la había puesto ahí. Me explicó que si se paraba en otro lugar, la tabla no bajaba y no podía dropear.
Tomé esa info, medí la tabla y descubrí que la distribución del volumen estaba mal, con demasiado peso hacia el nose. Aunque tenía poca experiencia, esa persona tenía una sensibilidad que cualquiera con más tiempo puede tener.
Siempre es clave escuchar lo que te dicen y analizar la tabla que usan para ver qué limita su surfing. Muchas veces no es falta de talento, sino que la tabla no les permite progresar, y eso los desmotiva. Si no se corrige a tiempo, pueden dejar de surfear.

Quiver Santalú. Foto: Peteco Surfshop.
Cuando uno va a buscar una tabla Santalú, quiere algo diferente.¿Sentís que cubris esa demanda de tablas más alternativas?
Sí, y son tablas que suelen involucrar también un componente artístico, y el peso de la tabla es un plus. Eso me da libertad para usar técnicas clásicas de decoración, como resinas coloreadas, paneles y pinlines de resina. El color y el arte son elementos que valoro mucho en mis tablas.
Me gustan como piezas únicas. Estéticamente, los outlines de estas tablas son más llamativos que los de las tablas performance. Es otro desafío, otra línea que cubre distintas necesidades y atrae a otro tipo de cliente.
En modelos como mid-lengths, twins, retro o longboards, buscas sensaciones diferentes. El peso, en esos casos, es importante y te permite decorar con técnicas que añaden peso. En los longboards clásicos, ese peso es necesario.
No vas a encontrar dos tablas iguales, y ahí radica parte del valor artístico y artesanal de este trabajo. Aunque ciertos colores, como el azul, son recurrentes por su conexión natural con el mar, nunca uso el mismo tono exacto. Nunca busco que una tabla quede igual a otra. Incluso si seguís un camino parecido, siempre hay algo que cambia.

Tablas de surf como piezas de arte.
Por otro lado, las tablas twin o single pueden limitar la performance del surfista.
Quien busca una tabla con cierta configuración de quillas también tiene que estar dispuesto a resignar algunas cosas. Por ejemplo, quien quiere surfear con un single fin sabe que no va a tener un arco de giro cerrado ni un surfing explosivo; va a estar más adelantado en la tabla. Y quien opta por un tablón clásico, cambia respuesta por suavidad.
Muchas veces, un surfista de tabla chica que quiere cubrir el rango de olas chicas —entre 0 y 2 pies— busca un longboard como herramienta para no quedarse afuera del agua. Y ahí lo importante es explicar que, si no te gusta el tablón y lo usás solo como solución, lo vas a terminar odiando. Porque tenés que cambiar el chip: cambiar tu forma de surfear. No te va a permitir acelerar o doblar como estás acostumbrado.
Ahí entra el asesoramiento: explicar qué tipo de surfing permite cada tabla, qué te ofrece y qué no. Lo que para uno es una satisfacción, para otro puede ser una frustración. Si alguien disfruta surfear en twin, no le des un single. Y al revés, tampoco.
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¿Qué cosas te dan las diferentes configuraciones de quillas? Por ejemplo, un twin, un quad, un single, o el thruster.
El thruster es el que te da un poco de todo. Es el camino del medio. Si surfeás en un single, ya sabés cómo va a ser tu surfing y tus giros, y no le exijas más que eso que te está dando.
El twin, por ejemplo, es súper rabioso. Y de un tiempo a esta parte, incluso los puristas del twin te lo ofrecen con una tercera quilla, un trailer atrás, para corregir esa rabia que en algunos momentos puede ser excesivamente responsiva.
El quad te agrega un poco más de drive, pero también depende de las quillas que utilices atrás. Hay un universo de quillas traseras de quad. Pero sin dudas, el que reúne todo es el thruster.

Un universo entero de configuraciones posibles.
Más allá de eso, decías que no te gusta la construcción en epoxy.
No me gusta, y no lo hago. No me gusta la sensación que te da el epoxy. Si vas a lo que es el surfing profesional de elite, todo termina en poliuretano, poliéster y tres quillas. No es una información para despreciarla. Es como que todo lo que son construcciones alternativas y seteos diferentes terminan siendo un plan B.
Ahora están de moda las tablas de carbono, más para el surfista que busca performance.
Lo que se logra por ese lado es una construcción súper liviana, que no la alcanzás de manera convencional. Como que el surfing se fue para un lado en que a veces el peso en la tabla es una limitante para hacer maniobras más acrobáticas. Es un camino que no estoy dispuesto a transitar.
Morís con tu método. El camino que elegiste: poliéster, poliuretano y tablas hechas a mano.
Sí, sin duda. Recurrir a las máquinas nunca fue una opción para mí, por lo menos hasta hoy. Creo que si quisiera aumentar la producción, no sería esa la ficha que movería. Recurriría a tercerizar alguno de los procesos, como el lijado, ponele. O lo mismo que se hace a nivel mundial: los handshapers tercerizan lo que es la laminación. Hay maestros laminadores dedicados solamente a eso. Y el shaper se encarga solamente del shape. Que también es válido. Igual, me gusta laminar a mí. Me gusta hacer todo en resina.

Trabajo con paneles de resina en detalle.
Sos de Montevideo y hoy vivís y trabajás en Santa Lucía del Este. ¿Cómo fue ese cambio y qué lugar ocupó el proyecto de las tablas en esa transición?
Siempre tuve casa en Santa Lucía y venía los fines de semana o en verano. Un viernes vine por el fin de semana como cualquier montevideano… y me quedé. Un año después empecé a hacer tablas. En ese entonces seguía trabajando en Montevideo, en un laburo común.
Durante un par de años hice las dos cosas: laminaba de madrugada, antes de irme, y a la noche shapeaba. Ese trabajo era el que financiaba el proyecto, que fue creciendo hasta que tuve que decidir: dejar Montevideo y dedicarme de lleno a esto. Y salió bien.
Obvio, tomar ese riesgo implica aceptar lo que trae el trabajo independiente. Siempre digo que entré a trabajar y nunca más salí. Pero también es lo que soy. Es lo que hago
Lo veo reflejado en Willy (Barreiro): tiene 20 años más que yo y sigue laburando a la par, o más. Lo fui a ver en Semana de Turismo, era sábado… y estaba en el taller, como cualquier sábado mío. Es un oficio del que no te retirás: lo hacés, vivís de eso, pero también lo necesitás.
¿Qué es lo que te hace feliz, en esta vida que has construido alrededor del mar y de las tablas?
Estás, desde que te despertás, metido en eso. Es lo bueno y lo malo. Es algo que te acompaña todo el día. No lo tomás como un trabajo, que en algún momento lo soltás. Siempre estás en algo que esté involucrado con esa pasión.
Si bien no vivo en un gran surf spot, tiene mar, tiene naturaleza. El taller está ahí, cerca del mar. Todo interactúa, como en equilibrio.
Después, claro, pensás que en otro lugar habría más olas, o estarías mejor… Pero si lo miro desde afuera, no está tan mal. Siempre hay cosas para mejorar, pero está bueno.

Santalú Surfboards. Foto: Nati Ayala.