AFT —Amantes del Fin de Tarde— nació de un cruce fortuito a la noche volviendo del mar y de las ganas de dos amigos de no encajar en la vida tradicional.
Sin financiamiento ni manual de instrucciones, Pedro Romero Malevini y Franco "Pepe" Rivas empezaron a armar su propio espacio guiados por el arte, la pasión por el surf y el deseo de vivir a su propio ritmo.
Con los años el proyecto fue cambiando de forma hasta convertirse en una red que hoy integra turismo, experiencias, gastronomía y arquitectura modular entre Chapadmalal y Bali.
En esta nota charlamos con Pedro —el mayor de la dupla y la mente enfocada en la estrategia — sobre el vértigo de jugársela en cada etapa, la logística detrás de sostener la estructura y el valor de hacer crecer el negocio sin perder jamás la esencia.

¿Cómo y cuándo se conocieron? ¿En qué momento se dieron cuenta de que podían encarar un proyecto juntos?
Nos conocimos bastante antes de pensar en hacer algo juntos. Yo tenía unos 29 años —Pepe tenía 16— y venía de Buenos Aires, de recibirme, trabajar en relación de dependencia y seguir bastante los mandatos. Después me mudé al bosque. Pepe era mi vecino y representaba todo lo que yo había ido a buscar: pasaba por mi casa con una bicicleta oxidada, sin frenos y una tabla de surf. Estaba rubio del mar, iba y venía de la playa todo el tiempo. Yo lo miraba y pensaba: este guacho entendió todo.
Un día de mucho frío lo vi volviendo con la bicicleta y la tabla en la mano porque ya ni podía pedalear. Frené la camioneta, cargamos todo y lo llevé hasta su casa. Ahí empezó nuestra amistad y comenzamos a surfear juntos.
Años después renuncié a mi trabajo, armé un taller y me puse a pintar. Pepe empezó a viajar por el mundo dando clases de surf y tocando la guitarra. Su primer viaje lo hizo con 300 dólares. Cuando decidí emprender, supe que quería tenerlo cerca.
Somos muy distintos, pero complementarios. También sabía que Pepe nunca iba a poder dedicarse a algo que no le gustara. Era demasiado vago y demasiado de la playa como para quedar encerrado en una vida que no sintiera propia. A mí me pasaba lo mismo: necesitaba romper con los mandatos y hacer algo con amor. Ahí nos encontramos.

¿Cómo surge el concepto de Amantes del Fin de Tarde?
Nació en los balnearios del sur de Mar del Plata. En esa época, cada momento del día tenía su propio ritmo: mañanas tranquilas, familias al mediodía, marcas, juegos y movimiento durante la tarde. Pero cuando empezaba a caer el sol, todo cambiaba.
Era el momento en que nos juntábamos con amigos y amigas, volvíamos a entrar al agua aunque el mar no estuviera bueno, tomábamos mate, charlábamos y veíamos cambiar la luz. Yo nunca había vivido eso de manera cotidiana y pensé: este es el fucking momento del día. Acá pasa todo sin que haya que forzar nada.
Pepe tenía por ahí una escuelita de surf bastante precaria, muy de su estilo, y Amantes del Fin de Tarde apareció primero como el nombre de un movimiento artístico. No estábamos pensando en una empresa ni en construir una marca. Simplemente empezamos a identificarnos así.
El nombre tiene algo romántico y un poco exagerado. A veces la gente se burla y a nosotros nos causa gracia. Obviamente, el fin de tarde es de todos. Nosotros simplemente elegimos quedarnos con ese momento del día que, para mí, sigue siendo difícil de superar.

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En todos estos años de AFT, ¿cuál fue el momento de mayor incertidumbre o vértigo?
Cada vez que dimos un paso importante hubo mucha incertidumbre. Nunca nos financió un padre, un tío ni un tercero. Siempre nos la bancamos nosotros: separábamos lo necesario para vivir y reinvertíamos todo lo demás. En cada nuevo hito nos jugábamos prácticamente todo lo que teníamos.
Fue así cuando abrimos nuestro primer hostel en Playa Grande. Yo trabajaba como artista y me estaba quemando los últimos ahorros. Pusimos 18 mil dólares —casi todo lo que me quedaba— en una idea que mezclaba productora, hospedaje, arte y música. No sabíamos qué iba a funcionar. De hecho, el primer año fue un desastre: no sabíamos ni limpiar un hostel.
Mientras preparábamos el lugar, Pepe y yo estábamos barriendo el patio. Él tendría 22 años. Le pregunté: ¿querés ser socio o empleado? Si querés ser socio, armemos un plan. Se quedó un rato apoyado en la escoba y finalmente dijo: quiero ser socio. Bueno, entonces vamos con todo. Ese fue realmente el comienzo.
Después el hostel empezó a funcionar, pero Playa Grande cambió. Llegaron los boliches y apareció un público que ya no tenía mucho que ver con nosotros. Un día Pepe me dijo: al pibe que viene con campera de cuero a tomar fernet antes de salir no le puedo hablar más. Quería irse a Chapadmalal, que en ese momento no era lo que es hoy. Cerrar algo que funcionaba era un riesgo enorme, pero le dije: si la estás vibrando para allá, vamos. Y fuimos.
Con Bali pasó algo parecido. Le dije a Pepe que teníamos que hacer algo allá y me respondió: es lejísimo. Le pedí un par de años para entenderlo. Pasó ese tiempo y volví con una respuesta: ya la entendí, hay que hacerla. Mandamos la poca plata que teníamos —que era toda la plata que teníamos— y nos agarró la pandemia. Ya teníamos la tierra y no podíamos volver atrás, así que construimos nuestro primer hotel prácticamente por WhatsApp.
Siempre fue así: Playa Grande, Chapadmalal y Bali. La incertidumbre es parte de nuestro gen, pero también es una de nuestras mayores virtudes.

¿Cómo fue el camino de vivir de lo que les gusta y cuál fue la primera idea con la que dijeron “por acá es”?
Desde afuera probablemente parece más fácil de lo que fue. Yo soy del conurbano bonaerense y siempre soñé con una vida vinculada a la naturaleza porque me crié en un lugar donde casi no la había.
Pepe viene del bosque y tuvo otro recorrido, pero para los dos el camino siempre implicó tomar riesgos y asumir las responsabilidades que acompañan esas decisiones.
Hoy trabaja mucha gente con nosotros y estamos muy orgullosos de los equipos que formamos. Porque vivir de lo que te gusta no significa solamente hacer lo que querés: también implica construir una empresa, sostenerla y generar trabajo.
La sensación de “es por acá” nunca estuvo atada a una única idea. AFT nos permite vivir en lugares que nos hacen bien —Mar del Plata, Chapadmalal y Bali— y rodearnos de personas con las que queremos compartir el camino. Por momentos fue difícil, pero cuando miramos dónde estamos y con quiénes estamos, sentimos que vale la pena.

Si tuvieran que definir qué es AFT hoy, ¿cómo lo explicarían?
Hoy AFT tiene dos universos muy fuertes. Uno está vinculado al turismo, la hospitalidad y las experiencias alrededor del surf. En Chapadmalal tenemos el Rancho, la Aldea y un restaurante por donde pasan artistas y donde generamos encuentros culturales. En Bali tenemos un hotel con restaurante y, además, organizamos viajes de surf a esos destinos y a Brasil.
El otro universo es la arquitectura modular. Tenemos una fábrica en Córdoba desde donde desarrollamos proyectos relacionados con la naturaleza y la sustentabilidad. Aunque desde afuera parezcan actividades diferentes, para nosotros están conectadas: muchas veces diseñamos y construimos los espacios en los que después suceden nuestras experiencias.
AFT busca inspirar una vida conectada con la naturaleza, el arte y la comunidad a través de experiencias, espacios y productos auténticos que respeten el tiempo y el entorno.
Nunca imaginamos exactamente la empresa que tenemos hoy. Lo que sí imaginamos fue no traicionarnos y conservar la capacidad de entusiasmarnos con cosas nuevas.
¿Cuál es la esencia que conecta proyectos tan distintos?
La esencia sigue siendo la misma que en el momento cero. Todo empezó en mi casa del bosque, donde yo tenía mi taller de artista plástico y Pepe era surfista.
Desde entonces, el arte, la creatividad y el surf son el hilo conductor. No existe un proyecto de AFT que no esté atravesado de alguna manera por esos elementos.
Ahí también está nuestro diferencial: nosotros somos surfistas. No construimos una estética alrededor del surf ni lo usamos como herramienta de comunicación. Es la vida que realmente llevamos.
Esta entrevista la estoy respondiendo desde Bali. Hoy a la mañana nos juntamos con Pepe, cumplimos nuestra agenda de trabajo y los dos también encontramos el momento para entrar al agua.
El primer manifiesto de AFT ya hablaba de esto y, más de 15 años después, seguimos vinculados a las mismas cosas. Los proyectos cambiaron y crecieron, pero la esencia sigue intacta.

¿Cómo definirían los roles que ocupa cada uno en AFT?
Nuestros roles están muy bien definidos: yo me ocupo del futuro y Pepe, del presente.
Mi trabajo es imaginar escenarios, anticiparme y pensar hacia dónde tenemos que movernos para sostener el proyecto y seguir creciendo. Pepe está mucho más cerca de la operación, de los equipos y de lo que sucede diariamente.
Pero la división nunca es rígida. Somos muy complementarios y conversamos todas las decisiones importantes. Yo intento ver lo que viene; Pepe se asegura de que lo que está pasando funcione.
¿Qué es lo más divertido y lo más aburrido de llevar adelante AFT?
Lo más divertido son los lugares a los que nos lleva y las personas que aparecen alrededor. Tenemos la suerte de trabajar en sitios que nos hacen bien y de estar rodeados de gente interesante. Eso sigue siendo lo más lindo.
Lo más aburrido es la administración, los impuestos, los contadores y los abogados. Nosotros le decimos “la shit”. Los lunes y martes hacemos la shit: resolvemos todas esas tareas inevitables que sostienen la empresa.
Después intentamos liberar el resto de la semana para la estrategia, la creatividad y el crecimiento.
La shit siempre está ahí. Vivir de lo que te gusta no significa poder hacer solamente lo que te gusta.

¿Cómo eligen los lugares donde instalarse? ¿Por qué Chapadmalal y Bali?
La respuesta es muy simple: elegimos los lugares donde queremos estar.
Chapadmalal y Bali no aparecieron primero como oportunidades de negocio. Eran lugares donde queríamos vivir, surfear y pasar nuestro tiempo. Después buscamos la manera de construir proyectos que nos permitieran quedarnos.
Si el día de mañana empezamos a meditar y nos agarra la obsesión de vivir en una montaña del Tíbet, probablemente intentemos hacer algo ahí. La lógica siempre es la misma: primero elegimos la vida y el lugar que queremos; después pensamos cómo hacer para que el proyecto lo vuelva posible.

¿En qué etapa están hoy y hacia dónde va la nave de AFT?
Hoy estamos llevando AFT a otra escala. Acabamos de ampliar nuestro hotel en Bali, está funcionando muy bien y ya tenemos la visión de desarrollar otro proyecto en una nueva zona de la isla.
Al mismo tiempo, estamos ampliando nuestra fábrica de arquitectura modular y avanzando hacia obras de mucho mayor volumen, incluso en uno de los momentos más difíciles del país.
También profesionalizamos la empresa: ordenamos procesos, incorporamos inteligencia artificial, definimos un organigrama claro y sumamos socios y equipos con personas mucho más talentosas que nosotros en tareas que ya no hacemos. Hoy muchas cosas dejaron de depender de Pepe y de mí. Eso nos permite seguir creciendo, aprendiendo y concentrarnos en lo que hacemos mejor.
Profesionalizamos todo lo que se puede profesionalizar, pero cuidamos aquello que no puede ponerse en un manual: los ambientes, los detalles, los aromas, la convivencia y nuestra forma de recibir a la gente.
Recibimos muchas propuestas para franquiciar AFT y nunca las aceptamos. Una estética se puede replicar; el pulso y el tacto, no.
La visión es construir una red global de proyectos conscientes que demuestre que se puede crecer sin perder la conexión con lo esencial. Hacia ahí va la nave: más estructura, mejores equipos y proyectos más grandes, pero con la misma esencia.