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Eduardo Bolioli: arte, surf y la libertad de empezar de cero

Bruno Aguilar
Lectura: 14 minutos

Charlar con Eduardo Bolioli es como estar frente a un libro abierto, pero de esos que se leen de un tirón porque cada página parece superar a la anterior.

Cuesta creer que tantas historias entren en una sola vida; de hecho, varias quedaron afuera de esta nota por una cuestión de espacio, pero las que están alcanzan para dimensionar a un personaje fuera de serie.

De exiliarse por la dictadura a fines de los setenta a caminar por los mismos pasillos que Jean-Michel Basquiat o Keith Haring en la prestigiosa School of Visual Arts de Nueva York. De rechazar un futuro asegurado en Manhattan a mudarse a Hawaii para pintar las tablas de los campeones del mundo y codearse con los pesos pesados del North Shore.

Nacido en Montevideo, Uruguay, Bolioli logró hacerse un nombre como artista en la meca del surf mundial. Su trabajo ha sido reconocido y respetado, primero en los ochenta, y nuevamente en una segunda etapa, en su regreso a Honolulu hace un poco más de diez años.

En esta charla, Eduardo abre su archivo personal para contarnos cómo se construye una carrera tan ecléctica como impredecible, con el surf siembre como el hilo conductor.

¿En qué momento te diste cuenta de que el dibujo iba a ser tu camino?

El arte, en mi caso, es un tema genético. Por parte paterna, mi abuelo, mi tía y mi padre dibujaban. Lo aprendí desde muy chico.

Recuerdo a mi madre hablando con una señora en el tren cuando íbamos a visitar a mi tío en Sarandí Grande. Mi madre le decía a la señora: "Yo le compro un bloc de hojas y él se queda ahí". Y así era: yo me quedaba arrodillado en el piso del vagón, usando el asiento de madera como mesa, haciendo dibujitos de todo tipo. Mi ídolo era Super Ratón y lo dibujaba en todas sus formas posibles; ahí empezó todo.

Luego viviste una etapa de tu niñez en Europa, para después volver a Uruguay. ¿Cómo siguió tu formación en esa época?

Cuando tenía 7 años, nos fuimos a vivir a Suiza y tuve una muy buena maestra de dibujo, de esa gente que te marca. Ella me enseñó a dibujar con figuras geométricas.

Esa maestra tuvo un accidente y no pudo continuar, entonces la maestra normal me dice: "Che, Eduardo, ¿querés dar las clases vos?". Y entonces empezamos a hacer todo lo que a mí me copaba. Me encantaba hacer loros, todo lo que era tropical. Así que el resto del año, todas las clases de dibujo las di yo. Tendría nueve años.

¿Eras el alumno destacado?

En eso. Porque en todo lo demás... llegué a cuarto año repetidor, en la escuela y en el liceo. Lo único que hacía era dibujar.

Luego volví en el año 72 y empecé la escuela en Uruguay. Mis viejos decidieron mandarnos a la escuela pública para no aislarnos, y fue duro en muchas cosas. La diferencia entre una escuela pública en Suiza y una en Uruguay es abismal.

Encima, estaba totalmente desestimulado porque no tenía clases de dibujo, y durante la dictadura habían cerrado la facultad de Bellas Artes.

También has contado que fue por la dictadura que tuvieron que irse de Uruguay. ¿Qué nos podés contar sobre eso?

Un día mi viejo llegó y nos dijo: "Vinieron los militares a mi oficina; me tengo que ir".

Él era pastor y tenía contactos en EE.UU. que llegaron hasta el gobierno de Jimmy Carter. Le habían pedido testimonios sobre la situación de los presos políticos en el Penal de Libertad para fundamentar el corte de financiamiento a la dictadura uruguaya. Mi viejo pasó la información y ahí se precipitó todo.

Lo citaron en la embajada estadounidense para coordinar la salida. El tipo que lo recibió —un agente que probablemente era de la CIA— tenía detrás de su escritorio una foto suya surfeando en Sunset, Hawaii.

Para mí fue una señal: yo había empezado a surfear apenas unos meses antes y, de golpe, el hombre que negociaba nuestra libertad era surfista. Ahí sentí que mi camino estaba marcado.

Así fue como terminamos en Nueva York, donde a mi padre le consiguieron un puesto en la Universidad de Cornell.

¿Con qué ciudad te encontraste al llegar a esa Nueva York de principios de los 80?

Mi primera impresión fue aterrizar, subirnos al subte y ver todo lo que uno conoce por las películas: los vagones pintados de arriba abajo con unos graffitis salados. De repente el túnel se termina y salís a Times Square; mirás para arriba y los edificios parecen juntarse en la punta. Lo más alto que teníamos en Uruguay era el Palacio Salvo, ese era nuestro rascacielo, así que imaginate.


Eduardo Bolioli andando en skate en el Soho de Nueva York. 1983.

¿Cómo viviste desde adentro toda la efervescencia artística de Nueva York en esos años?

Fue un momento de explosión absoluta. En el 81 empecé a estudiar en la School of Visual Arts, y era la época del Pop Art. Podías cruzarte con los tags de Jean-Michel Basquiat por las calles, o a Keith Haring en los pasillos de la facultad.

Un día, estaba afuera de la facultad y veo a Andy Warhol sacando fotos a la basura; me acerqué y le dije: "Bo, vos sos Andy Warhol". Me dio una tarjeta y me invitó a su fiesta de cumpleaños en la discoteca Bond. Cuando entramos a la zona VIP con mi amigo, vimos una escena de bondage con látigos y gente gateando; yo venía de un Uruguay muy conservador y salimos corriendo de ahí.

A nivel musical era igual de alucinante. Podías ir al CBGB y ver a los Talking Heads o The Smiths cuando eran bandas alternativas que la estaban peleando para hacerse conocer.


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¿Cómo entra el surf en ese momento de tu vida y cómo te lleva a meterte en la industria del surf en Hawaii?

Entre el 79 y el 81 casi no surfeé. Pero viviendo en Nueva Jersey, le compré una tabla a un puertorriqueño por 50 dólares, la arreglé como pude y me hacía 150 millas para ir a la playa. Ahí empecé a intercambiar dibujos por tablas con algunos surf shops.

Estaba por ingresar a tercer año de la facultad y me estaba yendo bien, pero sentía que le faltaba una pata a la mesa. Ahí fue que me llegó la revista Surfer con un artículo llamado "The Southern Cone Expedition" donde aparecía Uruguay, y me entró algo adentro: tenía que ir.
Dejé la facultad un año, trabajé haciendo de todo para juntar el dinero y me fui a Uruguay con una tabla y una carpa.

Estuve seis meses acampando en la Playa de Los Botes, entre las acacias. Ahí confirmé que quería hacer arte relacionado al surfing.

Cuando regresé a Estados Unidos, le dije a mi padre que no tenía tan claro lo que quería y me volví a ir. Seis meses más en Uruguay, con un surf trip a Brasil incluido.

En ese viaje, conocí a Leo García y a Aldo Ramírez, de los primeros guardavidas de La Paloma. Aldo me dice: “voy a hacer el viaje de arquitectura. Cuando termine paso por Nueva Jersey y nos vamos a Hawaii”. Yo no me sentía preparado, pero le dije “dale, vamos.”

Renunciaste a una carrera prometedora de artista en Nueva York y te la jugaste por el surf. ¿Qué dejaste atrás?

Cuando volví a la facultad en Nueva York, ya sabía que no podía seguir. Fui a hablar con mi profesor, Harvey Kurtzman (el creador de la revista MAD), que me apadrinaba.

Él me dice: "Mirá, yo te prometí un trabajo. Quiero que termines la facultad y te vengas a laburar conmigo a hacer Little Annie Fanny (una serie de comics de humor que salía en la revista Playboy)". Me ofreció 24 mil dólares al año, cuando yo trabajando de cualquier cosa ganaba 8 mil con suerte. Le dije que no, que me iba a Hawaii.

Él insistió y me subió la oferta a 36 mil dólares. Era una fortuna en esa época. Le volví a decir que no. Entonces tiró la última: "36 mil y una semana de vacaciones en la mansión de Playboy". Lo miré y le dije: "No entendés, Harvey. En un par de años, yo voy a ser el Hugh Hefner de Honolulu". Y ahí me fui.

¿Cómo fue tu llegada a Hawaii?

Llegué y visité todas las fábricas mostrando lo que hacía. El dueño de Town & Country me dio una entrevista; pedí laburo en el surf shop porque tenían un cartel gigante buscando empleados. Pensé: "Hablo pila de idiomas, meto un pie en la empresa y después escalo". El tipo me mira y me dice: "No. Sos demasiado haole para nosotros". Dolió, pero me sirvió para decir: "¿Ah, sí? Ya vas a ver".

Terminé haciendo gráficas para una discoteca que habían comprado unos bolivianos. Se coparon conmigo porque era uruguayo, hablaba español y me decían que era como un hermano. En eso sale la fiesta de Blue Hawaii y me piden unas decoraciones. Dije: "Fah, esta es mi oportunidad". Glenn Minami era el dueño y venían a esa fiesta Sunny Garcia, Mark Foo y Johnny Boy Gomes.

Hice caricaturas de los surfistas y de repente viene la hermana del dueño y me dice que Mark Foo quiere hablar conmigo. Pensé que no le había gustado lo que hice, pero en realidad él quería su caricatura. Ahí aproveché y le dije “no te la puedo dar porque ya la vendí, pero si me presentás a Glenn Minami hago un esfuerzo". Me llevó a la VIP y me presentó como si fuéramos amigos de toda la vida. Un crack. A la semana me llamó Glenn: "¿Podés venir mañana a pintar?". Ahí arranqué.


Eduardo durante su primera etapa en Hawaii.

Te tocó el Hawaii de los 80, una época de mucha mística pero también muy picante.

Los Huis estaban salados. No mirabas a nadie a los ojos, porque te miraban y te decían: "¿Qué? ¿Te debo plata?". Así. Tenías que tener mucho cuidado donde te metías. Eran años complejos, con muchísima droga y gente que quedaba mal.

Pero tuve la suerte de terminar en Blue Hawaii y de ir a surfear con Johnny Boy Gomes, Marvin Foster o Sunny Garcia. Una vez fuimos a Makaha, a una ola que era solo para locales; yo así de blanco, entro y todos me miran como para matarme. Y Johnny Boy dice: "Este es mi amigo Eduardo". Ta, cambiaron todas las caras. Me dejaban olas y todo.

¿Tenés alguna anécdota de situaciones tensas en el agua?

Solo una vez tuve un problema con unos tipos de Makaha. Estábamos en el North Shore y veía que uno de ellos remaba pero no podía tomar las olas; quedaba siempre en el lugar plano. Le di un consejo de buena fe y me saltó: "You fucking haole! You think you’re gonna teach me how to surf!". Me echaron del lugar donde yo surfeaba todos los días.

Cuando estaba saliendo apareció el representante de Dakine con sus amigos y les conté lo que había pasado. Fueron, se les arrimaron y los echaron: "¡Ustedes se vuelven para Makaha! Este es de los nuestros". Se tuvieron que ir y hasta me pidieron disculpas.

Pero el momento en que sentí que realmente pertenecía a Hawaii fue en California. Estábamos allá por un evento y nos fuimos a surfear a Trestles con Dane Kealoha. Había una ola de metrito y medio y Dane la estaba destrozando.

Él ya había salido del agua, pero cuando yo tomo mi última ola, se me tira un local adelante. ¡Para qué! Dane se metió de nuevo y le dio una paliza al grito de "You don’t fuck with Hawaiians!". Ahí sentí que el derecho de piso estaba pagado; Dane me defendía como a uno de los suyos. Pobre loco, le llenaron la cara de dedos. Pero ta.


Sunny Garcia con tablas pintadas por Eduardo. 1980s.

¿Por qué decidiste dejar Hawaii en tu mejor momento y volver a Uruguay?

Ya era director de arte en Blue Hawaii y trabajaba con Quiksilver, pero sentía que estaba dándome contra el techo. Quería lograr más con mi pintura, no solo con el surfing. Ahí le mandé una carta al gerente de Absolut Vodka y terminé siendo el artista de la marca en Hawaii.

Al año me ofrecieron hacer lo mismo en Uruguay. El trato era el sueño del pibe: me daban un sueldo, comisión por caja vendida y me pagaban todos los gastos para que saliera a los boliches a promocionar la marca. Pero tenía que irme a vivir.

Me volví a La Paloma recién casado, con el taller y todas mis cosas ya en viaje. Pero justo antes de llegar, la distribución mundial de Absolut cambió de manos y el contrato quedó en el aire. Además, mi suegra enfermó y una cosa llevó a la otra: me terminé quedando 20 años.


Campaña de Absolut en Hawaii con el arte de Eduardo Bolioli.

¿Cómo viviste esa etapa en tu país natal?

Estando en Uruguay, me enteré de que me habían estafado en una galería de Estados Unidos que representaba mi obra. Se quedaron con 150 mil dólares míos en pinturas justo cuando mi hijo estaba por nacer.

Me quedaban apenas 8 mil dólares en el banco y con esa plata, que era lo último que tenía, abrí el boliche Óxido en La Paloma y dejé de pintar. Me alejé del arte por completo.

Después inauguramos el boliche de Montevideo, donde ayudamos a imponer toda la movida alternativa, y terminé trabajando veinte años en marketing para la licorera Pernod Ricard. Cuando ya tenía 50, hubo un cambio de directiva en la marca y me despidieron. Ahí decidí que era momento de volver a Hawaii. Estaba en la lona: me fui con dos mil dólares prestados y pagué el pasaje con millas.

¿Cómo fue reencontrarte con la pintura y recuperar tu lugar en Hawaii después de dos décadas?

Cuando llegué, un amigo me convenció de volver a pintar y me consiguió una exposición. Me la jugué y agarré la tarjeta de crédito para comprar materiales.

En ese momento, me puse a ver lo que se estaba vendiendo, y me di cuenta de que seguía lo mismo que yo hacía veinte años atrás. Tuve que crear algo totalmente nuevo.

Creo que todos esos años de experiencia en marketing me ayudaron a darle una plataforma a lo mío. Además, Instagram en aquel momento era una herramienta increíble para que artistas y creadores puedan promocionarse. Hice una pintura de Shaun Thomson, él la compartió y empecé a vender más y más obras a partir de eso.

Así seguí pintando y de a poco me fui haciendo un nombre. Volví al lugar que había dejado antes, como referente para las generaciones jóvenes con el tema del surfing y el arte.

Hoy, después de un largo camino, ¿qué es lo que te inspira a seguir creando?

Yo a mis viejos les dije una cosa antes de empezar la facultad: "Quiero vivir mi vida al revés; quiero jubilarme de joven y trabajar de viejo". La pasé bomba de joven, hice lo que quise, y ahora sigo laburando pero en lo que me gusta.

Me inspira todo: los viajes a El Salvador por ejemplo, donde he trabajado con el gobierno para promocionar el surf, o que me reconozcan en el agua y me dejen una ola porque les gustó mi pintura.

A veces quiero zafar del tema surfing y hacer algo que haga enojar a todo el mundo, algo más provocador, pero Hawaii es muy conservador. Tal vez tenga que hacer una muestra en Uruguay, donde podés hacer lo que quieras. Mi cabeza está constantemente pensando en presentar algo diferente.

Mencionaste que estás en Uruguay por un tema de salud. ¿Cómo estás viviendo este proceso con el tratamiento?

Estoy haciéndome un tratamiento alternativo para el cáncer porque no soy muy de la medicina convencional y en Estados Unidos no lo puedo hacer.

El cáncer ha sido un despertar; te das cuenta de un montón de cosas que tenés que cambiar y me ha hecho mucho bien. Me estoy cuidando mucho más físicamente y me siento bárbaro.

Para cerrar, ¿qué les dirías a los jóvenes que hoy están tratando de encontrar su camino?

Que se animen. Que hagan. Que no pongan excusas y le den para adelante. Si le errás o fallás, empezás de nuevo. Y que si tienen la oportunidad de estudiar, que la aprovechen, porque te lleva de la A a la Z mucho más rápido que el camino que hice yo.

Y quien quiera contactarse conmigo por lo que sea, estoy disponible. No hay nada mejor que la gente joven.