Rodrigo Álamos es uno de los nombres de referencia en la fabricación de tablas de surf en Chile. Hizo sus primeras tablas a comienzos de los años noventa, pero su historia con el surf comenzó antes. Fue en 1988, cuando a los 14 años conoció el deporte en Cocoa Beach, en la costa este de Estados Unidos.
Ese primer contacto marcaría un camino que, con el tiempo, lo llevaría a fabricar sus propias tablas en un contexto donde casi no había materiales, información ni referencias técnicas.
Tras casi veinte años alejado del shape, volvió a fabricar durante la pandemia. Desde Pichilemu, y bajo el nombre Rod Álamos Surfboards, retomó el oficio con fuerza, produciendo tablas a pedido y consolidando nuevamente su lugar dentro del surf chileno.
En esta entrevista, repasa ese recorrido, los aprendizajes y el presente de su trabajo.

Empezando por el principio. Conociste el surf en Estados Unidos. ¿Cómo fue ese primer contacto?
A los 13 años viajé solo a Estados Unidos, a la casa de unos tíos. Para fortuna mía, vivían en Cocoa Beach. Fui de vacaciones y me terminé quedando unos años.
Cocoa Beach es el epicentro del surf de la costa este de USA. Yo no sabía lo que era, pero a la segunda semana de estar allá ya estaba metiéndome al agua.
Fue una cosa del destino, sin haberlo buscado. Me pasó lo que le pasa a la gran mayoría: te enamoras y quedas adicto por siempre. Pasó a ser mi vida de un momento a otro.
Después me vine de vacaciones a Chile y resulta que justo cuando tenía que volver a USA empezó la primera Guerra del Golfo, en el año 1991, cuando Irak invade Kuwait. Mis padres no quisieron que volviera a Estados Unidos porque yo ya había entrado en la mayoría de edad.
Pasaba el tiempo y el conflicto solo iba escalando.
Me terminé quedando en Chile. Después me enamoré y volver a Estados Unidos ya pasó a segundo plano, aunque echaba de menos el surf y la playa.

¿Cómo fue esa vuelta a Chile? Estabas viviendo en un lugar súper surfero y te encontraste con otro panorama
La vuelta fue bastante traumática. Fue venirme de una playa tropical, de surfear prácticamente todo el año con short, a vivir en Santiago, en una ciudad, y dejar de ver el mar.
Hoy día lo cuento con liviandad, pero fue fuerte volver y tener que quedarme. Mi vida ya estaba toda planificada allá.
¿Cómo te reencuentras con el surf en Chile?
Cuando vi que me tenía que quedar, me mentalicé para volver a surfear. Me puse a buscar tablas y lo que encontraba no era bueno, entonces pensé “por qué no las hago yo”.
¿Cómo fue empezar a hacer tablas con las pocas herramientas que había?
Todo lo que sabía de tablas lo veía en revistas, y el resto me lo imaginaba. En esa época, los gringos eran muy celosos de la información. Todo se guardaba en secreto. La única forma de aprender era trabajar en una fábrica.
Empecé a recorrer todo Santiago buscando materiales. No había nada. Muy poca gente sabía lo que eran las tablas. La fibra de vidrio que había no era para hacer tablas, la resina tampoco. Tampoco había foams.

Las primeras tablas Rod Álamos.
Las tablas con espuma de colchón y la aparición de Clark Foam
Me recorrí todas las fábricas de colchones de Santiago buscando espumas de poliuretano, siempre con la misma pregunta: “Si ustedes hacen espuma de poliuretano para colchones, ¿por qué no pueden hacer una que quede rígida para poder lijarla?”.
Siempre me decían que no. Hasta que un día, en una de esas fábricas, cuando ya me estaba yendo luego del primer “no”, escucho que me gritan: “¡Oye!”.
Vuelvo y me dicen: “Mira, nos quedamos pensando en lo que dijiste. Hace un par de semanas nos quedó mala una mezcla y el bloque quedó duro”.
Había un cubo gigante. Lo toco y estaba durísimo. Les digo: “Esto es exactamente lo que necesito”. Se reían. Me hicieron dos tajadas y me lo vendieron.
Con eso hice mis primeras dos tablas. Un amigo que tenía una fábrica de muebles me ayudó con el alma de madera. Tenía pocas herramientas y muy poco conocimiento. Fueron un desastre, pero ya había algo concreto desde donde partir.
Tiempo después, uno de los hermanos Vargas me mostró un aviso en El Mercurio, que decía “vendo Clark Foam”. No lo podía creer. Era el representante de Mormaii, Álvaro Solari, que había traído blanks desde California. Le compré algunos y con eso todo se hizo más fácil.
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¿Cómo fue que pasaste de estas primeras experiencias a viajar y shapear en Brasil?
Álvaro Solari, de Mormaii, vio una tabla que había shapeado y le encantó. Me dijo: “Tienes mano para esto”, y me pasó ocho foams para shapear.
Cuando abrió la tienda Mormaii en Viña, me llamó para trabajar y me fui a vivir allá. Puse las tablas en la vitrina y un día llegaron unos brasileños. Uno me preguntó si yo hacía esos shapes, me comentó que trabajaba en una fábrica de tablas en Brasil y me invitó a conocerla.
Al principio no lo creí. Pero con el tiempo nos mandamos cartas, y meses después viajé a concer la fábrica y terminé trabajando allí. Aprendí realmente los procesos, hacía de todo. Durante años fui y vine a Brasil mientras en Chile me iba haciendo un nombre, trabajando para Mormaii.
Cuando llegó Rip Curl a Chile me dieron la licencia para fabricar sus tablas, justo en la época de The Search. Entre el 93 y el 95 empecé a producir a gran escala. No había nadie haciendo tantas tablas como yo.

En los inicios.
¿Te has dedicaste 100% al surf o lo intercalaste con otros trabajos?
La verdad es que siempre tuve dos trabajos. Cuando me quedé en Chile ya tenía responsabilidades, así que hacía tablas de día y trabajaba en restaurantes de noche. Eso lo sostuve durante unos doce años, hasta que ya no me dio el cuerpo ni el tiempo.
Llegó un punto en que estaba haciendo muy buenas tablas, pero había dejado de surfear. Ahí dije: “Estamos mal”. El amor de mi vida era surfear, y si eso se iba, se caía todo. En 2002 congelé la fabricación y me dediqué solo a la gastronomía para volver a surfear.
En la pandemia estaba en Pichilemu con mi hija y un amigo me convenció para que le haga una tabla. Después vino otro, y otro más. Se empezó a correr la voz y los pedidos no pararon. Acondicioné mi casa, armé la sala de shape y la de laminación, y empecé de nuevo.
Desde entonces no he parado. Estoy feliz haciendo esto, aunque me está pasando algo parecido a lo de antes: paso tanto tiempo en la fábrica que casi no surfeo. Ahora me estoy organizando para volver a entrar más al agua.
¿Estar instalado en Pichilemu te pone en mejores condiciones para hacer tablas que antes?
Estoy en mucho mejores condiciones. Gracias a eso, fruto de mi trabajo en gastronomía, pude construir una fábrica muy bien hecha. Se hace todo más fácil y los procesos están más estandarizados.
Está entretenido. Estoy trabajando mucho con longboards, también con niños. Haciendo un gran trabajo con los niños. La verdad que lo estoy disfrutando intensamente.
¿Qué tipo de tablas te gusta fabricar más?
No tengo ninguna favorita. Me encanta hacer todo tipo de tablas. De hecho, en estos años que volví a hacer tablas ya tengo como 25 modelos definidos y digitalizados. Todos tienen su nombre, su logo y sus características.
Me gusta hacer de todo. Lo que no me gusta es la monotonía. La variedad de modelos lo hace entretenido.

Con José manuel Boza, longboarder del seleccionado chileno y medallista panamericano en 2025.
¿Haces tablas a mano también o solo con máquina?
También hago tablas a mano. Hay veces que solo quiero shapear a mano. La verdad es que, por cuestiones de perfeccionamiento de los modelos, hago las correcciones en los archivos y después corto la tabla.
Y también para aprender, porque me considero un aprendiz en lo que es el diseño digital.
¿Qué es lo que te inspira en esta etapa a seguir creando tablas?
Me inspira tratar de aportar a que se fabriquen buenas tablas en Chile y ser un apoyo para las nuevas generaciones. Y como último punto, una búsqueda permanente de la excelencia. Los maestros que tuve me enseñaron a ser detallista y obsesivo con la calidad.

Con las nuevas generacioes.
¿Cómo juega el rol del shaper local frente a las tablas importadas?
En comparación con otros países, el hecho de que Chile tenga tratados de libre comercio con muchas potencias —sobre todo potencias del surf— hace que la cantidad de tablas importadas que llegan sea muy grande. Entonces competir con todas las marcas famosas es difícil.
Por eso el trabajo que uno hace con los riders locales es clave: mostrar las tablas, que anden bien, generar relaciones con las personas que se sienten atraídas a hacerse una tabla a medida. No todo el mundo la tiene.
Yo creo que a la manufactura chilena en general, a muchas industrias, les pasa eso: los productos importados son bastante accesibles. En mi caso, por ejemplo, el segmento de shortboard está lleno. Por eso me he enfocado harto en los guns, porque nadie va a traer un stock grande de guns: son muy caros. Ahí encontré un nicho donde desarrollar. Lo mismo con los longboards.
¿Sueños y objetivos actuales?
Como sueño, lo que aspiro es dejar bien armada mi fábrica en Pichilemu, con una tienda. Eso es, hasta donde puedo ver hoy, lo que quiero lograr. Obviamente, día tras día uno anhela que haya más tablas mías en el agua.
Agradecimientos y recorrido personal
La verdad, agradezco mucho a los que me conocían hace muchos años. Ha sido curioso, porque hay generaciones de surfistas que nunca habían oído hablar de mí. Cuando volví a hacer tablas, incluso había fabricantes que se reían un poco y no me tomaban en serio. Decían: “¿y este tata de dónde salió?”. Yo soy del viejo testamento.
Agradezco a todos los viejos amigos que han confiado en mí, y a mis amigos cercanos, que cuando empecé de nuevo todos se mandaron a hacer por lo menos una tabla conmigo.