Mariano Pécora es un referente del windsurf en Argentina. Su historia está marcada por la pasión, los viajes y el compromiso con la difusión de la disciplina. Con más de tres décadas dedicadas al windsurf, ha vivido de cerca la evolución y los desafíos de este deporte. En esta entrevista, repasamos sus inicios, su recorrido dentro y fuera del país, y su mirada sobre el presente del windsurf en Argentina.

Mariano en acción. Foto: Sirena Wave.
¿Cuándo empezaste con el windsurf?
En 1992, hace treinta y tres años ya. Empezamos gracias a un tío, el hermano de mi vieja, que era náutico. Compró un equipo de windsurf y nos llevó a probar con mis primos y con mi hermano. Nos enganchamos muchísimo y, a los meses, ya se convirtió en nuestra vida. Teníamos 22 años.
¿Ya te gustaban los deportes acuáticos?
Antes del windsurf, navegaba en barcos a vela, con el yachting. Corrí regatas en el río y fuimos a Uruguay un montón de veces. Y capaz que ya tenía el viento adentro, y el deporte más extremo que andar en un velero era el windsurf.
Nosotros teníamos una casa en la costa y siempre nos gustó el mar. Tuvimos kayak, bote a motor. Vivíamos en la ciudad y éramos más de tierra, éramos tenistas. Pero cuando nos pusimos adolescentes, nos empezó a gustar más la joda y también el rugby. En ese momento terminamos conociendo el windsurf y nos enamoramos de ese mundo nuevo, las tiendas de windsurf y sus colores, el olor a los trajes de neopreno.
¿Cómo era el windsurf en aquella época?
A fines de los ochenta, el windsurf explotó mundialmente. Fue una moda, y después se apagó un poco. Los equipos se pusieron más profesionales, entonces, el que tenía más plata se compraba la mejor tabla y le ganaba al otro. Se hizo más exclusivo. Nosotros lo agarramos al final de esa época. En Buenos Aires había como 6 negocios de windsurf, y hoy hay uno solo.

Una vez que conociste el deporte, se transformó en tu vida.
Sí, el primer año seguíamos con la facultad y teníamos los cuadernos forrados con cosas de windsurf. Respirábamos windsurf. Todos los fines de semana le pedíamos el auto a mi madre para ir a navegar. Soplara o no soplara. Hicimos rápido el aprendizaje. Al año ya estábamos navegando en el mar, y al año y medio nos fuimos a Maui. Nos metimos a full y pasó a ser todo. Los amigos que tengo hoy en día me los dio el windsurf.
En 1993 nos metimos en una guardería en San Isidro y estaban ofreciendo un viaje a Aruba que costaba dos mangos. Con mi hermano nunca nos habíamos subido a un avión, y allá fuimos. En ese viaje conocimos a Francisco Goya, que fue campeón mundial y fabrica todos los equipos que vendo yo.
Él nos empezó a hablar de Maui, y al otro año nos fuimos todos para allá. Y ahí empezó la vida misma. El sueño hawaiano: vivir en una van frente al mar y navegar todos los días. Mi hermano se quedó viviendo allá; yo era más de ir y volver.

Windsurf en Jaws, Maui, una de las mecas de este deporte. Windsurfer: Marcilio Browne.
Contanos sobre tu negocio de equipos de windsurf.
Soy representante de la marca Goya en Argentina y Chile. En todas las idas y vueltas, iba trayendo equipo y lo vendía en Argentina. Así empecé con el negocio y la compra y venta de equipos de windsurf. Y hoy en día, la marca que vendemos nosotros es la que lidera en Sudamérica.
Yo soy un apasionado del deporte y me la paso viajando difundiéndolo. La venta viene de la mano, y las cosas que vendo están buenísimas. Las vendo con mucho placer porque además conozco a los dueños, somos amigos y sé cómo sienten ellos el windsurf.
Lo principal es promocionar el deporte, que haya más windsurf, más niños. Yo empujo mucho el windsurf para niños. Está buenísimo y está sucediendo. Por ejemplo, en Chile hay cada vez más chicos en el agua. Me encantaría clonarme y dar clases de windsurf por todos lados, pero también tengo que hacer toda la parte de promoción, visitar las escuelas, motivar. Son las escuelas las que tienen que empujar eso.

Mariano junto a Francisco Goya.
¿Qué es lo que tiene el windsurf que no tengan otras disciplinas?
El windsurf no deja de ser yachting. Dentro de los deportes de agua, es lo que más se asemeja a un velero.
Después está el viento. Hay gente que no le gusta, en cambio, nosotros somos apasionados. Podemos hacer esto gracias a esa energía invisible, que es una cosa poderosa. A veces me meto solo, en condiciones extremas con un viento de 80, 100 kilómetros por hora. Es arriesgado pero necesito sentirlo, que me pase toda esa cosa por mi cuerpo.
También me encantan las olas, pero necesito ese extra del viento. En Chile o en Hawái, es todo surf con viento, pero no deja de ser surf. Después, para hacer snowboard en la nieve tenés que tener mucha plata y es frío, pero bueno, todos son deportes de tablas y el viaje es muy similar.
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Como todo deporte, hay que ser consciente de los límites y la capacidad de uno. ¿Te pasó alguna vez de no entrar al agua?
Hubo una sola situación en Mar del Plata. Nos fuimos desde Cuesta del Viento siguiendo un pronóstico extremo. No sabíamos si lo íbamos a poder navegar, pero queríamos estar ahí y ver lo que iba a pasar. En Mar del Plata no nos pudimos meter. Solo un chico que terminó mal, todo revolcado. El viento estaba muy fuerte y soplaba un poco de tierra.
Había momentos que decías: "Bueno, me meto". Y cuando te ibas a meter, entraba una ráfaga que te hacía repensar la situación: "Esto es una locura".
Me terminé yendo a Mar Chiquita, 30 km al norte. Es un lugar mucho más amigable, y cuando se descontrola todo, lo podés hacer. Me fui ahí porque tengo un amigo windsurfista que vive ahí. Un gran compañero de combates extremos, muy confiable. La única persona con la que me meto un día así también. Nos fuimos a navegar mar adentro y habían unas olas gigantes, con el mar bastante ordenado. Estuvo muy bueno.
Es muy raro que toque un día que no te puedas meter, por más extremo que esté. Igualmente el riesgo siempre está, porque te pueden pasar mil cosas. Se te puede romper un mástil y capaz que ni nadando podés volver. Pero bueno, te agarra una cosa que te brota algo por el cuerpo y no podés dominarlo. Está tu otro yo que quiere ir a jugar.

Mariano "jugando" en el agua.
¿Qué variantes del windsurf existen?
Está la clase olímpica, que por muchísimos años fue una tabla de windsurf larga, muy técnica, con orza, como si fuera el quillote de un velero. Las regatas eran con diferentes tramos que exigían diferentes tipos de maniobras: contra el viento, derivando, a favor del viento, de través al viento. En las Olimpiadas era eso. Hoy cambió y es todo con foil. Lo que se corre en las Olimpiadas se llama IQ Foil, vendría a ser un windsurf, pero la tabla va toda en el aire.
Después, tenés disciplinas de freestyle. Las tablas tienen más volumen atrás, en la popa, lo que te permite flotar. La tabla va rebotando en el agua y se hacen muchos trucos. Hay varias competencias de freestyle en el mundo.
Por otro lado, el free ride es como un viaje libre, donde cada uno hace lo que quiere. Son las tablas que más vendemos. La gente que sale de las escuelas tiende a comprarse esas tablas. Son para aprender a navegar, planeás, das la vuelta, te divertís. Nada extremo. Es una disciplina para hacer en cualquier laguna, lago o el mar si está tranquilo. Mucha gente está haciendo ese tipo de windsurf.
Después está la disciplina de olas, que es la que estamos viviendo más hoy en día. Los campeonatos en los que participo o que ayudo son todos de surf. En la competencia, lo que prevalece más es el surf. Puntúa más la radicalidad de meter un canto en la parte crítica de la ola que meter un aéreo. Eso es lo que buscan los jueces. El nombre de la disciplina es wave.
¿Alguna experiencia extrema o peligrosa que hayas vivido dentro del agua?
Una extrema que recuerde fue un invierno en Mar del Plata. Era una mañana muy fría, en pleno julio. Nos vinimos a Buenos Aires porque llegaba un contenedor de tablas que se retrasó y nos terminamos quedando un mes en Mar del Plata. Me metí en Playa Grande, un lugar donde no se hace windsurf, porque está el puerto y el viento entra todo roto. Pero ese día había muchísimo viento.
El departamento que nos habían prestado estaba a una cuadra y a la noche no podía ni dormir porque ya sabía que venía ese vientazo, y el pronóstico marcaba un mar grande.
Me desperté amaneciendo, llovía, y bajé a mirar el mar. Volví corriendo, agarré el traje, me lo puse y bajé re decidido. Agarré el equipo de mi compañera, que es más chico que el mío y lo armé. Cuando estaba ahí por meterme al mar, se veía un tamaño y que estaba medio diabólico, con esas olas impenetrables. Eran las 8, 9 de la mañana y no había un alma en la playa; soplaban cuarenta nudos (74 km/h), re fuerte.
Esperé a que cortara un poquito y me mandé. Pasé, pasé, y un espumón que no pude trepar me llevó hasta la orilla. En el segundo intento pasé y me fui hasta la entrada del puerto de Mar del Plata. Ahí empieza a entrar un set, me doy una vuelta y subo en una ola.
Cuando empiezo a bajar vi que estaba un poco desordenada, entonces dije “voy a subir y meter un corte de chequeo”. Empiezo a doblar y la ola empieza a romper adelante mío. Yo navegando a toda velocidad, intentando escapar mientras veía cómo se formaba una sombra que me estaba por comer. La ola fue más rápida que yo, y quedé adentro de la cueva, que era como un tubo de la muerte. Ya no había escapatoria.
Abandoné el equipo, me tiré de cabeza y a rodar. Era una cueva negra, fue muy loco quedar navegando ahí adentro. El mástil que estaba usando era de 3 metros 40, y la ola nunca tocó el mástil. Donde me tocara el mástil, me iba a ir adelante con todo, y no quería rodar con todo el equipo en esa fuerza de la ola. Entonces me separé del equipo y me tiré.
Llegué a tocar el fondo y ahí me orienté para salir a la superficie. Por suerte era arena, porque ahí las escolleras son de piedra y puede haber alguna suelta allá abajo.
Ahí salí nadando tranquilo, reponiendo el aire. El equipo llegó a la orilla sano y salvo, y me fui. Me decía a mi mismo: "soldado que huye, sirve para otra guerra". Yo quería seguir navegando, pero era una locura lo que había pasado.

Mariano en una maniobra aérea de windsurf.
Esa fue una de las más extremas. Después hubo otra en Mar Chiquita. Me metí solo en invierno, con un pronóstico bastante extremo. El viento estaba muy al límite y un poco de tierra, y las olas estaban perfectas. Me bajé un par de olas espectaculares, y en una empezó a entrar un set. Pasé la primera, y la segunda me comió y me rompió el mástil.
Me fui nadando desde atrás de la escollera con la vela para no perderla. En ese trayecto las olas me fueron enroscando y quedé rodando en las olas adentro de la vela, como un canelón. Tuve que salir como un gusano por la punta, porque no la podía abrir por la presión del agua. Fue re loca la sensación.

Mariano realizando lo que parece ser un Back Loop en Windsurf.
¿Y una sesión épica que recuerdes?
En Hawái hubo varias. Pero de recordar grandes, en un lugar que se llama Topocalma, una bahía en Chile. Agarré un día grande, 6-7 metros de altura las olas. Estaba tan prolijo que me pegué la navegada de mi vida. De subir y bajar esos toboganes y salir en el momento justo. Estaba grande, extremo, pero fácil dentro de todo. Disfrutable. Fue uno de esos días que podés leer el mar mejor que otros días.
También tuve muy buenas sesiones en Pacasmayo, Perú. Es como Chicama, pero con viento. Las olas son perfectas; abren como Chicama. Abren y abren. Metés cuarenta cortes en una ola.
¿Cómo ha evolucionado el deporte del windsurf en Argentina desde que empezaste hasta hoy?
Si fuéramos más empujando el deporte, el windsurf estaría a full. Pero en un momento vino el kitesurf, y la mayoría de las escuelas que había de windsurf mutaron a escuelas de kite porque dejaban más plata. Yo los gastaba siempre a los que tenían escuelas: les decía "¿Dónde está tu corazón windsurfero? No lo tuviste nunca".
El windsurf está. Siempre se mantiene. No crece ni decrece. Todo depende de las escuelas. Estoy prácticamente yo solo promocionando el windsurf en Argentina. No es algo que deje mucha plata, entonces es como una pasión que tenés que vivir y disfrutarlo. Si fuese por la plata, me dedicaría a otra cosa. Pero me gusta esta vida y me gusta vender windsurf. Y somos como los únicos que vendemos windsurf y empujamos el windsurf.

Mariano predicando su pasión en una clínica de windsurf.
¿Cómo se está moviendo el deporte a nivel institucional y competitivo en Argentina?
Está abandonado. Hay una asociación, pero que no está ligada al windsurf que hacemos nosotros. Está más relacionada a la parte olímpica.
Lo que hacemos nosotros está todo medio abandonado. En Chile, este año que pasó, se reflotó el circuito chileno de windsurf. Yo participé en algunos Zoom que hicieron. Eran 20 personas de distintas partes del país, todos unidos empujando para el mismo lado, para organizar y todo.
En Argentina, está perdido eso. El campeonato que hacemos en Mar del Plata ahora es con inscripción gratis. Entonces no tenemos que pedir permiso de nada, porque es un lío organizar un campeonato. Somos windsurfistas autoconvocados que venimos a divertirnos y juntarnos a navegar. No hay campeonato, puntaje ni ranking oficial.
Para hacer uno real, tenés que pasarte dos meses con el teléfono organizando. Estuvo el circuito que se llamaba Tour Argentino de Windsurf. Se hicieron 8 fechas que estuvieron buenísimas: en Mar del Plata, Bariloche, Puerto Madryn y Cuesta del Viento. La chica que organizaba el tour se comió tremendo estrés y no lo pudo disfrutar.
Pasa eso de que nadie quiere ponerse esa mochila de ser el responsable de un circuito de windsurf. No sé si vendrá la persona correcta en algún momento. Tiene que ser una persona especial, con buen temperamento, que se coma la cancha y sea un apasionado por lo que hace. No aparece esa persona todavía. Nosotros lo hacemos, pero casero. Windsurfistas autoconvocados es lo que está funcionando ahora como campeonato.
¿Cuáles son tus spots favoritos de Argentina?
Mar Chiquita, Mar del Plata y Playa Alsina, una playa entre Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia. Re lindo para navegar, y tengo amigos allá. Después, Bariloche, otro buen lugar cuando están las condiciones, por los paisajes que tiene y que es un lago gigante.
En el sur hay muchos lagos: Lago Posadas, Lago Pueyrredón. Como si fuera al oeste de Comodoro Rivadavia. Todos los lagos por ahí están zarpados, por los paisajes más que nada, el color del agua, agua que podés tomar. Y no hay nadie.

Windsurf en Bariloche.
¿Spots favoritos en el mundo?
Maui es lo máximo. Por la temperatura del agua, la calidad de las olas, por cómo se vive ahí. Maui es Maui. Después hay un lugar que se llama Punta San Carlos, en Baja California, 500 km al sur de Tijuana. Otro lugarazo de windsurf. Ahí también hubo una historia; fui dos veces. Está zarpado el lugar de calidad. En Perú, Pacasmayo, un lugarazo también. Brasil tiene Ibiraquera, donde fui un par de veces en septiembre, que es la época de viento. Tiene unos días buenos, buenos.

Windsurf en Pacasmayo. Windsufrer: Marcilio Browne. Foto: PWA World Tour.
¿Cuáles son las habilidades que te ayuda a desarrollar el windsurf?
Equilibrio, concentración, sutileza, precisión. Son las cosas que vas afinando cuanto más te metés en el deporte. Al principio, la tensión te saca el equilibrio, pero con la práctica se logra una soltura y los movimientos salen más naturales. Vas logrando esa precisión milimétrica, y para lograr eso necesitás mucha concentración y equilibrio. Es más difícil fallar cuando estás fino.
¿Qué le dirías a alguien que quiere empezar a practicar windsurf?
Que se meta de lleno. Que es un deporte que lo va a mantener joven toda la vida, porque físicamente es muy completo. Es un mundo súper lindo, del contacto con la naturaleza, por el agua y el viento que son dos fuerzas grosas que se combinan, y es muy lindo poder disfrutar eso.
De golpe, la gente de afuera del agua nos ve como unos loquitos los días de viento. Pero es una sensación muy linda. La gente que lo prueba es muy raro que lo largue. Poder viajar por arriba del agua con el viento es algo alucinante, adictivo.