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Swell Norte en Chile

Max Petit-Breuilh
Lectura: 8 minutos

Recientemente me encontré con Ramón Navarro en Ruco Surf Shop, donde me comentó que se encontraba preparándose para viajar a Hawái de cara a la temporada de olas. El año pasado no pudo estar presente, ya que el nacimiento de su segundo hijo coincidió con ese período de espera, lo que explica su ausencia.

A partir de esa conversación surgió una reflexión: en Chile aún nos cuesta comprender los fenómenos del mar como parte de un sistema integrado y natural, y no como algo anormal. Hoy, con la llegada de los swells del norte, quienes no viajamos a Hawái también podremos disfrutar de estas condiciones. Eso sí, es clave saber interpretarlas correctamente y actuar con precaución. Dicho eso, vamos al análisis.

En Chile, hablar de mar es hablar de swell Sur. Nuestra lectura oceánica, tanto cultural como técnica, está históricamente moldeada por pulsos que nacen en el cinturón de tormentas del hemisferio sur y viajan sin obstáculos hasta romper en la costa Chilena. Durante gran parte del año, el comportamiento del océano responde a esa lógica: direcciones predominantes SW–S, frecuencias medias a largas, y un patrón relativamente estable que los surfistas, pescadores y navegantes conocen bien.

Sin embargo, cada cierto tiempo —y casi siempre en verano— el Pacífico cambia el tono. Desde miles de kilómetros de distancia, frente a Hawái y el Pacífico Norte, se generan sistemas de baja presión capaces de enviar energía hasta Sudamérica. Es ahí cuando aparecen los llamados swell Norte, un tipo de oleaje que en Chile suele ser mal interpretado y, peor aún, mal nombrado. En la narrativa mediática generalista se les conoce como marejadas anormales, un término que no solo es incorrecto desde el punto de vista oceanográfico, sino que además distorsiona la comprensión real de cómo funciona el océano.

El origen: tormentas lejanas, energía ordenada


Los swell Norte no son fenómenos locales ni repentinos. Se gestan en zonas de fuerte actividad atmosférica del Pacífico Norte, muchas veces asociadas a tormentas que afectan a Hawái, Japón o la costa oeste de Estados Unidos. La clave está en la distancia: cuanto más lejos nace el swell, más tiempo tiene la energía para ordenarse.

Por eso, cuando estos pulsos llegan a Chile, lo hacen con frecuencias largas, normalmente entre 14 y 18 segundos, (lee la nota de Hernan para entender los que significa frecuencia) y en eventos destacados incluso superiores. No siempre traen grandes tamaños —aunque pueden superar fácilmente el metro y medio o dos metros en playas expuestas—, pero sí traen una energía distinta, más limpia y concentrada, que se manifiesta de forma muy particular.

Una de las señales más claras de un swell Norte es la larga espera entre series. Desde la orilla, el mar puede parecer plano durante varios minutos. No hay rompientes constantes ni espuma permanente. Esa aparente calma es engañosa: la energía no desaparece, solo viaja en trenes largos y espaciados. De pronto, sin aviso, entra una serie completa que eleva el nivel del mar, corre con fuerza y vuelve a desaparecer. Para quienes no están habituados a este tipo de oleaje, esa irregularidad suele interpretarse como algo “anormal”, cuando en realidad es una de las características más clásicas de los swell de largo período.

Chile: un país orientado al Sur… con excepciones claras

Desde el punto de vista geográfico, Chile no está naturalmente expuesto al Norte. Gran parte de su costa mira al suroeste, lo que explica por qué el swell Sur domina el calendario anual. Sin embargo, existen ventanas, bahías y playas que sí reciben energía norteña cuando las condiciones son precisas.

En verano, cuando el viento sur se establece con mayor regularidad y el swell Sur tiende a bajar en tamaño, estos pulsos del Norte pueden activar spots poco frecuentes, especialmente en sectores abiertos o con orientación NW–N. Playas que el resto del año pasan desapercibidas, de pronto funcionan con orden, paredes largas y secciones rápidas, siempre que el viento no interfiera.

Para el surfista experimentado, el swell Norte no es sinónimo de peligro, sino de oportunidad y lectura fina. Exige paciencia, buen timing y conocimiento del fondo marino. No es un mar constante ni predecible a simple vista, pero cuando se entiende, puede entregar sesiones memorables en pleno verano, cuando el resto del país espera resignado la próxima marejada del Sur.

Humboldt: el regulador silencioso del océano chileno


Todo este comportamiento ocurre dentro de un sistema mayor: la Corriente de Humboldt, una de las corrientes frías más influyentes del planeta. Esta corriente no solo enfría el mar chileno durante todo el año, sino que también regula la productividad biológica, la distribución de nutrientes y el equilibrio del ecosistema marino.

Cuando llega un swell Norte, la dinámica habitual se ve levemente alterada. No porque la corriente desaparezca, sino porque la energía entra desde una dirección distinta, removiendo capas superficiales del océano. Esa interacción puede provocar efectos visibles: cambios temporales en la temperatura superficial, redistribución de plancton y, en muchos casos, una mayor presencia de medusas cerca de la costa.

La aparición de medusas durante estos eventos suele generar alarma, pero nuevamente, no se trata de una anomalía. Es una respuesta natural del sistema marino frente a un estímulo energético distinto. El océano se reorganiza, se mueve, se adapta. Entender esto es clave para dejar atrás el relato del “evento extraño” y comenzar a hablar de procesos naturales y previsibles.

Una conversación interoceánica: el contraste con el Atlántico

Reflexionando con otros forecasters de Lineup Luiz Guilherme Aguiar, Hernan Carro y Fabio Cicchini, principalmente aquellos que trabajan en la zona atlántica del continente, surge una comparación clave que ayuda a poner todo en perspectiva. En lugares como Nazaré, en Portugal, los swell Norte —y en general los swell generados en el Atlántico Norte— tienen un impacto muy distinto al que observamos en el Pacífico chileno.

La diferencia no está solo en el tamaño, sino en la configuración oceánica y batimétrica. En el Atlántico, la distancia entre las zonas de generación de tormentas y la costa es menor. La energía llega más rápido, con menos tiempo de ordenarse completamente, y encuentra fondos submarinos extremadamente particulares, como el famoso Cañón de Nazaré, que amplifica el oleaje de forma violenta y localizada.

En el Pacífico, en cambio, los swell Norte recorren distancias enormes antes de tocar Sudamérica. Esa travesía permite que la energía se seleccione, se ordene y se vuelva más predecible en términos de período, aunque no necesariamente en tamaño constante. Además, la plataforma continental chilena y la orientación de la costa hacen que el impacto sea más distribuido y menos explosivo que en puntos críticos del Atlántico.

Los forecasters atlánticos coinciden en algo fundamental: un swell Norte en Nazaré no se comporta —ni debe interpretarse— de la misma manera que un swell Norte en Chile. Pretender aplicar el mismo relato de “marejada extrema” a ambos escenarios es un error conceptual. Son océanos distintos, con escalas, fondos y dinámicas completamente diferentes.

El problema del término “marejadas anormales”

Parte del conflicto comunicacional en Chile proviene del uso reiterado del término marejadas anormales. Desde un punto de vista técnico, una marejada es simplemente oleaje generado por viento en una zona lejana. No hay nada anormal en ello. Lo que cambia es la dirección dominante, algo que en Chile ocurre pocas veces al año y, por lo mismo, sorprende.

El problema de esta etiqueta es que instala miedo y confusión, cuando lo que se necesita es educación oceánica. Los swell Norte no llegan sin aviso. Se pueden modelar, anticipar y entender. Su comportamiento —largas esperas, series definidas, direcciones específicas— responde a leyes físicas claras. No son eventos caóticos ni imprevisibles.

Para quienes viven del mar o lo disfrutan a diario, comprender estas diferencias es clave. Para quienes comunican sobre el océano, también. No todo lo distinto es peligroso, y no todo lo poco frecuente es anormal.

Un Pacífico que también mira al Norte

Los swell Norte nos recuerdan algo esencial: el Pacífico es un sistema global, interconectado. Lo que ocurre frente a Hawái puede sentirse semanas después en una playa chilena. Ese viaje de energía, silencioso y constante, es parte de la belleza y complejidad del océano.

En un país acostumbrado a leer el mar desde el Sur, estos eventos invitan a ampliar la mirada, a entender que el verano no es sinónimo de mar muerto y que la calma aparente puede esconder una energía profunda y bien organizada. Para el surfista, el forecaster y el observador atento, los swell Norte no son una anomalía: son una clase magistral de oceanografía en movimiento.

Y quizás, cuando aprendamos a nombrarlos correctamente, también aprendamos a convivir mejor con el mar que nos rodea.

Mientras, mucha suerte Ramón Navarro en tu temporada en Hawaii, que esa ola te encuentre por que se bien que tu la vas a remar.