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Esperar tu ola está bien. La mayoría de la gente pasa su vida esperando por nada

Max Petit-Breuilh
Lectura: 6 minutos

La frase no viene de un gurú de Silicon Valley ni de un manual de productividad. La escribió Shaun Tomson, campeón mundial de surf en 1977 y uno de los pioneros en darle visibilidad global al surf de competición. Un hombre que entendió temprano que el surf no era solo una práctica física, sino un lenguaje cultural, una ética y una industria en construcción.

Hoy, más de cinco décadas después de subirse a la escena profesional, sigue vinculado al mar, pero desde otra orilla: la formación, el liderazgo y el sentido.

La sentencia funciona como metáfora perfecta para el momento que atraviesa el surf moderno. Porque sí, en el agua esperar es una virtud: es lectura de condiciones, paciencia táctica, gestión de energía y comprensión del ritmo del océano. Pero fuera de ella, la espera vacía —la inercia, la delegación de sentido, la obediencia ciega a estructuras— se convierte en pérdida de identidad. Y ahí es donde el surf, como ecosistema cultural y económico, enfrenta su tensión más profunda.

El “core” como capital invisible

Durante décadas, el surf construyó algo que pocas disciplinas deportivas lograron: un capital simbólico extraordinario. Libertad, rebeldía, conexión con la naturaleza, viaje, comunidad, riesgo, estilo de vida. Ese “core” —palabra usada hasta el cansancio pero pocas veces diseccionada— no es una estética; es una legitimidad. Es lo que hace que una marca de surf no sea solo ropa, sino pertenencia.

Las marcas históricas del surf no crecieron por estudios de mercado tradicionales. Crecieron porque representaban a quienes estaban en el agua cuando nadie más miraba. Los primeros embajadores no eran “creadores de contenido”; eran referentes culturales. Su autoridad no provenía de métricas digitales, sino de la coherencia entre vida, práctica y discurso.

Ahí está la primera clave: el valor real de una marca de surf no nace en la fábrica ni en el plan de marketing. Nace en el deportista y en la comunidad que valida su relato. El surfista de alto nivel —competidor, free surfer, big rider o local respetado— funciona como vector de credibilidad. Traduce producto en experiencia. Convierte objeto en herramienta. Vuelve real la promesa.


Shaun Tompson. Autor de la frase que titula esta nota.

Cuando el negocio olvida al origen

El problema comienza cuando ese capital simbólico es extraído, empaquetado y vendido sin su fuente de renovación. En términos industriales, lo que ocurre es un proceso clásico: consolidación, adquisición por conglomerados, expansión masiva, optimización financiera. Desde la lógica corporativa, tiene sentido. Desde la lógica cultural, suele ser el inicio de la desconexión.

Hemos visto marcas icónicas del surf pasar a manos de grandes holdings globales. El resultado se repite con matices, pero con un patrón claro: la marca se vuelve “Mainstream” genérico. Se suaviza el mensaje, se amplía el target, se diluye el riesgo, se homogeneiza la estética. El surf deja de ser el centro y pasa a ser un decorado aspiracional.

¿Consecuencia? El producto puede mejorar en distribución y volumen, pero pierde densidad simbólica. Ya no habla desde la experiencia del line up, sino desde la planilla de Excel. Y cuando el consumidor más involucrado —el que surfea, viaja, observa, compara— percibe esa disonancia, la marca pierde algo que ningún presupuesto recompra: autenticidad.


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El deportista en la encrucijada

En paralelo, el surfista profesional enfrenta su propia tensión. Históricamente, era un explorador con talento competitivo. Hoy es, además, un activo mediático, un rostro de campaña, un generador de contenido, un KPI. Su carrera se estructura en torno a circuitos, federaciones, rankings, patrocinadores, obligaciones contractuales y calendarios globales.

Nada de esto es negativo en sí mismo. La profesionalización trajo estabilidad económica, mayor nivel atlético y visibilidad internacional. Pero también introdujo una dependencia: el deportista comienza a moverse más por la lógica institucional que por la pulsión original que lo llevó al mar.

Cuando el surfista deja de ser intérprete del océano para convertirse principalmente en intérprete del sistema, aparece la desconexión. Su narrativa ya no nace de la experiencia cruda —madrugadas, frustraciones, exploraciones, aprendizaje silencioso— sino de la agenda. Y entonces ocurre algo paradójico: el embajador del “core” empieza a alejarse de él.

La espera con sentido vs. la espera vacía

Aquí vuelve la frase de Tomson. Esperar tu ola implica presencia activa. Observas, lees el mar, eliges, te equivocas, aprendes. Hay intención. Hay criterio. Hay identidad.

La “espera vacía” en la vida del surf —y de su industria— es otra cosa. Es esperar que el mercado defina la cultura. Esperar que el algoritmo determine el estilo. Esperar que la institución marque el camino sin cuestionarlo. Es dejar que la corriente te lleve, no porque confíes en ella, sino porque renunciaste a remar.

Las marcas que se alejan del surfista real esperan que la inercia del nombre sostenga ventas. Los deportistas que se desconectan de su motivación profunda esperan que el sistema les dé sentido. En ambos casos, se espera “nada”.

El riesgo de un surf sin raíz

El surf no corre peligro de desaparecer. Es demasiado atractivo, demasiado fotogénico, demasiado adaptable. El riesgo es otro: convertirse en un cascarón estético, globalizado, intercambiable, donde el océano es fondo de pantalla y no maestro.

Cuando eso ocurre, el consumidor nuevo entra por moda y sale por moda. No hay fidelidad, porque no hay relato profundo. En cambio, cuando el vínculo nace desde la experiencia —aunque sea mediada— se genera cultura, no solo tendencia.

Volver a la fuente de poder

La salida no es romántica ni anti-industrial. Es estratégica. Las marcas que sobreviven con densidad cultural son las que mantienen un circuito vivo con el agua: apoyan a surfistas que realmente surfean, escuchan a las comunidades locales, invierten en desarrollo técnico real, no solo en storytelling.

Y los deportistas que trascienden resultados son los que preservan su núcleo: siguen siendo estudiantes del mar, no solo ejecutivos de su carrera. Entienden que competir es una parte del camino, no su definición completa.

Esperar tu ola, en el surf y en la industria, es un acto consciente. Implica saber cuál es tu ola. Reconocerla. Elegirla. Asumir que no todas sirven.

Lo otro —esperar sin dirección, sin raíz, sin identidad— puede llenar calendarios y balances, pero vacía el sentido. Y el surf, al final, nació para todo lo contrario.